4 de noviembre de 2005
Esfuerzo y melancolía
(XXXIV)
Dada la tradición, era impensable que el muñidor dejara pasar la oportunidad de regular la información. 52.1 asegura que los poderes públicos han de “promover las condiciones para garantizar el derecho a la información y a recibir de los medios de comunicación una información veraz y unos contenidos que respeten la dignidad de las personas y el pluralismo político, social, cultural y religioso. En el caso de los medios de comunicación de titularidad pública la información también debe ser neutral.” Sobresale, una vez más, la capacidad del muñidor para legislar sobre arenas movedizas. Y se subraya hasta dónde podría llegar esta presunta ley marco (en realidad ley macro) en manos de personas indecentes. “Garantizar contenidos que respeten la dignidad de las personas” no es diferente de la mención precautoria a “un recto orden de convivencia”, como límite a la libertad de expresión. Sólo las marcas lingüísticas del tiempo establecen diferencias entre ellas. Consecuencia natural de que “el recto orden” pertenece a 1966 y a la Ley Fraga. Con lo que se confirma que la ley Fraga era una buena ley progresista. Garantizar en los medios, tanto públicos como privados unos contenidos que respeten el pluralismo supone una insistencia en el yotodolopuedo del muñidor. Comme d’habitude, sus excesos revelan perfectamente su naturaleza. “Pluralismo” es una palabra vacía. Pero nunca su oquedad se había manifestado tan violentamente como en compañía de “religioso”. “¡El pluralismo religioso!” exige que se exhiba el estulto estatuto. Ni siquiera el “pluralismo metafísico”, que diese respiro a los ateos concentrados e irrevocables, a esta furia de ateísmo que invade todos los poros de mil piel, ahora, una de estas mañanas inolvidables en que me encaro con el creyente muñidor y sus ordeño y mando. Ni siquiera le basta con el cajón de sastre “cultural”, allí donde pudiera meter la llamada historia sagrada y sus bonitas anécdotas de caín. “Pluralismo religioso” como estatuyendo un nuevo singular, el laico. Y sobre todo, y como siempre, pulcra, irreprochablemente relativista. ¡Pluralismo religiosos! ¡Como si todos los ateísmos fueran iguales! Que vuelva la ley de prensa e imprenta y “El alma se serena” al cierre de la emisiones.




