29 de octubre de 2005

Esfuerzo y melancolía
(XXVIII)

Ante la tarea del muñidor desplegada recuerdo a menudo la broma que se cargó el posmodernismo. Es decir, el artículo que el físico Alain Sokal envió a la revista Social Text con ruego de publicación. Su título era “Transgredir las fronteras: hacia una hermenútica transformadora de la gravedad cuántica”. También el resto era incomprensible. Pienso si el muñidor no habrá querido cargarse la política, aunque, por supuesto, la analogía no es nada más que una leve retórica para encender el día ante la evidencia de 39.1: “Los poderes públicos de Cataluña deben orientar las políticas públicas de acuerdo con los principios rectores que establecen la Constitución y el presente Estatuto. En el ejercicio de sus competencias, los poderes públicos de Cataluña deben promover y adoptar las medidas necesarias para garantizar su plena eficacia”. La asociación de estas 47 palabras no da ningún resultado. Da nada. El problema es que la política se ha convertido en una jerga posmoderna y no es seguro que este Estatuto benéfico se convierta en su Social Text. El público lee estas palabras y, como es natural, no tiene ninguna posibilidad de entender nada. Es imposible entender que los poderes públicos ejecuten políticas que no sean públicas. Es imposible “orientar de acuerdo a”. Es imposible saber a quién o a qué alude la “plena eficacia.” Pero ese desentendimiento es, justamente, el objetivo que persigue el muñidor. Es posible imaginar que 39.1 dijera: “Los poderes públicos han de cumplir y hacer cumplir la ley”. El público exigiría la devolución del dinero. Así, se entiende que la estrategia permanente del muñidor haya sido la sobreactuación. El Estatuto es una comedia sobreactuada en drama. Desde el comienzo, cuando la nación dispone como primera providencia creadora que es una nación. Tal que lo primero que dijera dios fuese: “Dispongo que soy”. Se comprende que el Estatuto esté en los teatros. Sólo es infatUación y abundancia de característicos. Una diversión para el público. Desde el punto de vista de los ciudadanos, que son otra cosa, bueno sería que al muñidor se le hiciera pagar por cada palabra, necia, muda o sorda.

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