26 de octubre de 2005
Esfuerzo y melancolía
(XXV)
El Estatuto tiene algunos bellos instantes pueriles, la mayoría relacionados con el capítulo de los derechos. Desde el punto de vista de la literatura política su ambición es muy similar a la del escritor primerizo, que quiere meter toda su vida en la novela que escribe, incluidos los ratos que dedica a la novela que escribe. La raíz del intervencionismo estatutario está mucho más cerca de la adolescencia (y su ingenuo y siniestro totalitarismo) que de la planificación centralizada (y adulta) de la vida. En realidad lo que el muñidor tenía ante sí era la primera ocasión de expresarse. Ése era el auténtico acto soberanista. Y lo metió todo. Su procedimiento no ha sido el lírico sintético. No está III, 13 (1812) y su relámpago: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación”. El procedimiento tiende al Balzac más agotador. Y como en el mejor Balzac sobresalen los peligros del candor. El Estatuto asegura que todas las personas tienen derecho a gozar. No acaba así el artículo. Sólo que me he parado aquí al transcribirlo para comprobar lo que habría sido un puro efecto lírico sintético. Un párrafo de Saint-Just. ¡Oh, cómo habríamos ido a Madrid entonces, a luchar por él! ¡Espadas como labios! Pero no, es la funcionaria enumeración del goce lo que sigue. El Estatuto asegura que todas las personas tienen derecho a gozar (…) del paisaje en condiciones de igualdad.” Por supuesto que la regulación del paisaje es perfectamente legítima. De hecho es una obligación moral y política, perfectamente desatendida por los 23 años de patriotismo nacionalista y su eslogan cumbre, Cataluña, sol y moscas. La ambición totalitaria, repito, adolescente, es la regulación del derecho a gozar del paisaje. ¡Goce, coño, goce!, clama el muñidor, ahíto de alcoholes (vulgo derechos) positivos. Este del paisaje, sin embargo, es un gran momento simbólico por otra razón. Dice el muñidor: “Gozar del paisaje en condiciones de igualdad”. Prueba memorable de que la ley no debe nunca abandonar su condición de marco, a riesgo de estrellarse con lo real. Enésima prueba kundérica de que nada hay más insensible que un hombre sentimental. Prueba del muñidor, niñería. Porque triste, terrible y despiadadamente, con los ojos macerados en lágrimas, el hombre sabe que la premisa para gozar del paisaje es la desigualdad.




