25 de octubre de 2005

Esfuerzo y melancolía
(XXIV)

El Estatuto recoge el derecho de que los alumnos de los colegios públicos catalanes reciban una “formación religiosa y moral” de acuerdo con las convicciones de sus padres. Al parecer este fue el último artículo en redactarse, y entre los que mayores problemas acabó dando al muñidor. Sólo hay algo peor que el tripartito y es el cuatripartito. Fue, en efecto, la aportación del catolicismo nacional, representado por Unió Democràtica, la responsable de esta insólita incrustación. En cualquier caso el desguace racional y moral se sale de los márgenes estatutarios por diversas costuras. En primer lugar la formación. El formar: criar, educar, adiestrar, según la tríada raeliana. La religión, no como enseñanza sino como proposición. Y que sólo depende, por lo demás, de las convicciones de los padres, sean las que sean. Esa invasión de lo privado en lo público que acertó a describir Ferlosio con gracia memorable en un su legendario “Borriquitos con chándal”. Es cierto que la Constitución española también habla de las convicciones de los padres y de la necesidad de respetarlas. Y de la formación religiosa y moral. Pero no la vincula a la enseñanza pública, como escandalosamente fija el Estatuto, proyectado y aprobado por un gobierno de la izquierda nacional. Lo realmente formidable, sin embargo, es que después de preservar la vigencia del oscurantismo, expuesta la incapacidad de organizar un espacio público que no sea la mera adicción de convicciones (sino por el contrario un lugar definido por los valores de la razón y la democracia), después de dejar la puerta abierta a la legitimación de los totalitarismos religiosos (en nombre de las convicciones de los padres) el muñidor, en la más alta expresión de sí mismo, añade que esa orgía de convicciones tendrá lugar en las “escuelas de titularidad pública, en las que la enseñanza es laica”, fuera de las horas en que se reza. No debe sorprender, sin embargo, esa recalada. El Estatuto está lleno de milagrería. De invocaciones y llamamientos sobrenaturales, especialmente en ese lugar donde se cruzan la nación y la gramática. Ese artículo que viene sobre los derechos y deberes en el ámbito cultural, 22. 1: “Todas las personas tienen derecho (…) al desarrollo de sus capacidades creativas individuales y colectivas.” Y es que, en el nacionalismo, toda persona es en sí misma un colectivo.

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