21 de octubre de 2005
Esfuerzo y melancolía
(XX)
6.2: “El catalán es la lengua oficial de Cataluña. También lo es el castellano, que es la lengua oficial del Estado español. Todas las personas en Cataluña tienen el derecho de utilizar y el derecho y el deber de conocer las dos lenguas oficiales. Los poderes públicos de Cataluña deben establecer las medidas necesarias para facilitar el ejercicio de estos derechos y el cumplimiento de este deber”.
Era realmente difícil superar, en su abuso, la frase famosa del artículo 3 de la Constitución española: “Todos los españoles tienen el deber de conocerla [la lengua española] y el derecho de usarla.” Es una frase absurda, inaudita, herencia clara del franquismo y su criminal prohibición del uso de determinadas lenguas españolas. No debió transmitirse a la Constitución esa rémora, ese gen enfermo e inútil. No sólo por el “deber”. Sobre todo por el “derecho”. ¿Un derecho hablar una lengua? ¿Tienen los españoles “derecho” a hablar inglés o tagalo? Si se especifica el derecho a hablar español se sobrentiende que vacila el derecho a hablar tagalo. Probablemente lo que la Constitución quería decir (con la alianza entre el deber y el derecho) es que todos los españoles tienen el derecho a ser entendidos y atendidos en cualquier lugar de España, hablando español. Pero ni siquiera es capaz de decirlo: el deber de conocer una lengua no va más allá de la potencia. Para entender y atender hay que añadir voluntad, acción, al conocimiento. El legislador no llegó. Él sabrá.
Desde este punto de vista la redacción del Estatuto catalán no tiene ninguna importancia. A pesar de que amenacen con sacar la porra: “Los poderes públicos… cumplimiento de este deber”, el muñidor naufraga en el mismo limbo. Ahora bien: merecen destacarse dos rasgos. El primero es la facilidad con que el muñidor, a la hora de la porra, reconoce que las lenguas las hablan las personas y no las piedras. El muñidor no escribe: “Cataluña tiene el derecho de utilizar y el deber de conocer…”, como en 6.1 escribía: “La lengua propia de Cataluña es el catalán”. Y ahora fijémonos en lo que escribe. En el sujeto obligado: “¿Los catalanes?”. ¡No! Los catalanes es un sujeto de derechos y de deberes vacilante. “¿Los nacidos en Cataluña?” Hummm… ¡No! Tendría que escribir los bien nacidos y no sería chic, y sobre todo no serían muchos. ¿Quién es entonces el ente o piedra pómez obligado a conocer y con el derecho de usar? Atención, fuera los niños: “Todas las personas en Cataluña”. Está bien. Nunca hubo artefacto que definiera mejor la autofagia. Y hasta qué punto la lengua nacionalista es el pasaporte de la raza. No toquen tierra catalana si no conocen la lengua. Níveos pilotos de avión o negros peones de andamio. Qué duda cabe de que no hay una sola frase en el Estatuto que pueda promulgarse. Pero su valor como Informe General sobre Cataluña es ya inextinguible.
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