30 de agosto de 2005
Comprendo las razones técnicas que aconsejaron dar un nombre a los huracanes. Incluso la antigua evidencia nominalista según la cual nombrar es dominar. Y eso de que lleguen salvajes y mojados y se vayan arramblando con la casa y el auto, también, perfectamente. Pero no soporto la familiaridad con la Bestia que trasluce el nombre propio. Ni la sentimentalidad antropoide que se le adjudica: ¿han escrito ya que el Katrina se apiadó de Nueva Orleans? El sentido inexorable que supone otorgarle un nombre. Y una cuna. Y una tumba. El Katrina nació en la costa de y murió en. Mejor terremoto, tsunami. Basta un genérico de destrucción, muerte y olvido.
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La señora Murillo, secretaria general de Políticas de Igualdad, dice hoy: “Hay muchísimos varones que ejercen el buen trato a diario. Ellos son nuestros cómplices para desautorizar a quien todavía presume de imponer su criterio y su conducta sobre su mujer”. Dicho sea en un léxico moral que Murillo entienda: nunca fue establecido de un modo más femenino y pringoso la culpabilidad de género.




