29 de agosto de 2005
La República y la Guerra civil española están entre los topos comerciales más infalibles de nuestro tiempo. Y el comercio está a disposición de la política, el periodismo y, por supuesto, de la hostelería. El abuelo de Zapatero, los fascículos sobre la guerra civil que oferta El Mundo o el complejo turístico Libertaria que va a levantarse en Casa Viejas son uno y lo mismo. Pero observo una irritación notable respecto a la legitimidad de este último uso. En el municipio de Casas Viejas van a construir un hotel alusivo a los años treinta, con su art decó, su cabaret, su lesbianismo de boquilla y su Casas Viejas. Van a darle el nombre de Casas Viejas a una suite, y el nombre del propio complejo, Libertaria, está puesto en memoria de María Silva, la Libertaria, “nieta de Seisdedos —explica El Mundo—, que sobrevivió al asalto a la choza y que fue fusilada en la Guerra Civil, ya convertida en un mito para el movimiento anarquista”.
¿Y qué?
Un puro ejercicio de memoria histórica y el reconocimiento del lugar exacto que la guerra civil ocupa entre nosotros. Lo único que pido es que en la primera hoja del Libro de Honor del hotel se transcriban estas palabras de Julio Camba, más que nada por la síntesis de Tradición y Modernidad que persigue siempre el buen socialdemócrata: “En Casas Viejas no fue el Estado quien mató. El Estado no podía matar, porque había rechazado la pena de muerte, y como el Estado no podía matar, hubo que hacer las matanzas a espaldas suyas. (…) Yo me imagino a los hombres de Casas Viejas como a unos neófitos de la represión política, que comienzan por dar un mal paso y, asustados ante su propia obra, van amontonando, en el deseo de borrarla, horror sobre horror y abominación sobre abominación.”


