28 de agosto de 2005

A día de hoy Maragall inspira, sobre todo, piedad intelectual. Ha escrito unos folios en El País con el único objetivo de demostrar la equidad de la diversidad. Algo así como la demostración de los sentimientos del pórex. Todo el artículo son estos párrafos: “La asimetría que realmente padecen los pueblos distintos es que se les trate como iguales en su lengua en su derecho civil y en su historia (…) La asimetría más dañina es la obstinada negación de la diferencia. Si en algo habría que corregir la trilogía de valores de la Revolución Francesa es en eso: la diversidad es un valor tan decisivo como la igualdad”. Toda la confusión de Maragall, pero también del propio socialismo catalán, y aun más, toda la confusión ante el nacionalismo de la así llamada izquierda catalana está expuesta crudamente en este párrafo. Es el párrafo de un indigente, pero de un indigente muy franco: sólo una determinada organización mental premoderna, efectivamente anterior a la revolución francesa y al concepto de ciudadanía, sólo una cabeza estamental y artúrica es capaz de sostener que la diversidad es un valor. En eso han dado. Contrastando con el tono grave de esta clave de bóveda, el artículo se vuelve alegre y divertido cuando trata de aplicar a la construcción del Estado autonómico las consecuencias de este principio del fin. Los trabajos del presidente regional encaran, por ejemplo, la peculiaridad andaluza. En estos términos: “De no haberse producido o no haber terminado la guerra civil como terminó los seguidores de Blas Infante probablemente hubieran conseguido un cuarto Estatuto. Y hoy las históricas serían cuatro y el resto probablemente [¡sic!] regiones de España”. Se produce uno de estos momentos que los novelistas han calificado de “risa violenta”. Al comprobar que uno acaba siendo nacionalidad histórica por cuestión de segundos. O en la prórroga, como Galicia. Dos: que la guerra civil y la dictadura son fuente de legitimidad histórica. Franco, Franco, ¡cuánto te debemos! Hay que doblar el recodo. Hay que hacerlo. El presidente regional advierte que, aun nacionalizada histórica la Andalucía, los problemas seguirían. Aragón, claro, Valencia, claro. ¡Toda España es una nacionalidad histórica! Se diría, por la prosa (ya sólo vahído), que el autor vislumbra el problema, que ha abierto un momento el pesado arcón de su cerebro y lo ha cerrado de inmediato horrorizado de lo que vislumbra: “¡Toda España es una…!” El arcón presenta el aspecto tan soberbiamente descrito por Ferlosio: de la tapa cerrada sobresale una manga de camisa. Dice Maragall al párrafo siguiente: “A todo lo dicho tiene que darle solución el Consejo de Estado…” (Carcajadas en lata que hacen inaudible el resto)

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