26 de agosto de 2005

El 30 de diciembre de 1936 Josep Maria de Sagarra hacía escala en Argel en su viaje hacia el Pacífico. El día anterior había embarcado en el puerto de Marsella donde es fama (o mito) que pronunciara los versos inmortales:

Dolça Catalunya
patria del meu cor
qui de tu s’allunya
recony quina sort!

El viaje le sirvió para escribir “La ruta blava”, que es un libro muy ameno si uno no da crédito a los cantos de sirena de su prosa, este mismo, por ejemplo: “…una manera de deixar anar les síl•labes com si fossin papallones revestides de pudor”. Al poco de atracar el barco en Argel se inician las tareas de desembarco de la carga. Sagarra, acompañado de su mujer, con la que acababa de casarse, observa la maniobra desde el mismo comienzo: “Ens hem aturat a un centenar de metres del moll, i aleshores ha vingut una barca farcida de súbits de Mahoma, vestits amb els parracs més impossibles: des del redingot arrencat brutalment d’un cadàver fins a la xilava convertida en calçotets a força d’estalvi. El color dominant d’aquestes robe oscil•lava entre el verd plom i el castany torrat. La tropa que ha envaït el nostre vaixell estava constituïda per fragments d’aquesta púrria musulmana filla de totes les malalties secretes i de totes les misèries visibles.” Fragmentos de esta gentuza musulmana, dice. Sagarra no parecía ser un hombre violento. Era un señorito catalán, algo chuleta, pero razonable. No consta que su racismo fuera espectacular. No, todo lo contrario, seguramente. Se trataría de un racismo anodino, consuetudinario, hasta discreto. Hoy nadie escribiría esa frase a no ser de una manera deliberada y consciente, hecha para matar. Hoy la lee uno con ese aparente sobresalto inducido. Pero al poco aún se sobresalta más, porque deduce que la “purria musulmana” sólo era el resultado de la más extrema naturalidad. A veces vamos muy rápido y erguidos hablando de ellos y de su odio. Ok, tenemos razones y en general son razones correctas. Pero hace muy pocos años eran la purria musulmana para un educado caballero, y lo era, así, como en passant.

Dice la Universidad de Columbia que los periodistas no pueden dejar de mirar los blogs pero que no confían en ellos. Me parece el más serio indicio de la amenaza que se cierne sobre la prensa tradicional. Como los periódicos, los blogs empiezan a ser (¡solo!) un vicio.

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