19 de agosto de 2005

Los muchachos destrozan las calles engalanadas del barrio de Gracia, en Barcelona. Llevan ya tres madrugadas sin dormir. La discreta kale borroka catalana. Sólo cabe esperar que sea el golpe realmente de gracia y las fiestas se acaben de una vez para siempre. De hecho ya se habían acabado. A finales de los años sesenta los vecinos empezaron a considerar plenamente ridículos el cartón piedra, las sedas y los farolitos de celofán con los que se pretendía representar una escena del mundo. Fue, más o menos, con la llegada de la televisión, tan limpia y benéfica, y tan representativa del mundo. De pronto los vecinos se vieron más anacrónicos que el suau y plegaron. Excelente criterio. Así, y durante algunos agostos, se respiró en Gracia un vapor melancólico muy agradable y silencioso. Hasta que el gobierno municipal, a finales de los setenta, reinstauró la fiesta. Cada año con mayor ímpetu subvencionador. Es decir, con grosera artificialidad asistida. Pasar el agosto en Gracia se había convertido en un chollo. Divertirse y cobrar. Los periódicos se relamían: ¡diez, quince, treinta calles adornadas! ¡Más que en la República!, titularían un día exangües y gozosos, misión cumplida. Hasta este año. Nunca el municipio había invertido tanto en la fiesta, proclamaban orgullosos los concejales hace cuatro días. Y siguen de concejales, en la estúpida Barcelona. Ahora están calculando los destrozos de la última madrugada. Pasan de los 25.000 euros. Los muchachos. Tampoco hay que hacer demagogia con la cifra. El celofán de la calle que este año fue la ganadora (que los muchachos, de modo muy coherente, arrancaron y pisotearon) subía, casi, a los cinco mil euros. Subvencionados, claro está. Hay muchas calles decoradas y sólo hay que multiplicar. Los muchachos no tienen calle, pero quieren su fiesta. ¡Y su subvención! O sea que los munícipes ya saben en qué capítulo presupuestario deben meter los 25.000 euros, y lo que venga, que las fiestas no se han acabado. Lo sorprendente, comme d’habitude, es la hipobohigas de la izquierda: durante dos semanas subvencionan la barra libre: de alcohol, de horarios, de estruendo. La democratización de la fiesta, la llaman, como quien no ve el oxímoron. Popular. Copular. PopulART. Y luego no sólo se lamentan del exceso de los muchachos, que lo entendería. ¡Les mandan la policía! Más subvención. Estos munícipes de organdí aún no se han enterado que la única ciudad abierta, oscura, drogadicta, alcohólica, pastillera y democrática, la única manejable de todas ellas, está en internet. Esperando la subvención, por cierto, que combata el atraso secular.

Comments are closed.

-->