30 de junio de 2005
Aún no he leído Mártires mortíferos, el libro de Adolf Tobeña sobre la base biológica de la violencia política. Aunque conozco lo sustancial de su investigación. Este párrafo, por ejemplo: “Hay zonas concretas del cerebro que cuando se lesionan respetan plenamente las funciones motoras, sensoriales y perceptivas, así como la memoria, el lenguaje y buena parte de los resortes de la agudeza cognitiva, pero que inducen a unos rendimientos deficientes, o nulos, en la conducta moral”. Y este otro: “Hemos podido comprobar que existen regiones y sistemas en el cerebro humano dedicados al procesamiento de la sensibilidad moral. Hemos visto también que estas zonas neurales presentan una especificidad funcional paulatinamente delimitable. (…) Ahora disponemos de algunos procedimientos de acceso tentativo a este ámbito tan recóndito del autoescrutinio consciente que suponen los escrúpulos y obligaciones de índole moral. (…) Vale la pena, pienso, tomarse en serio las aportaciones de la neurociencia en un ámbito tradicionalmente reservado a las ciencias sociales, porque el desconocimiento sobre los vectores que mueven a los mártires mortíferos y a sus inductores es demasiado costoso”.
La prudencia de Tobeña es manifiesta. Pero su gesto científico (y los de Atran, Merari, Nisbett y Cohen, entre los muchos otros donde se apoya) tiene gran importancia. Las neurociencias han revolucionado la psicología y es probable que también revolucionen las ciencias sociales. Lo crucial no es que las neurociencias sustituyan a las ciencias sociales, sino que éstas se valgan de aquéllas. Como se valieron en su día de la estadística. Queda la ética. Al final de la reseña que hoy publica el Quadern de El País hay un reproche contra Tobeña: “Se echa a faltar un posicionamiento en el debate sobre lo que Peter Sloterdijk llama antropotecnia. Es decir, nos quedamos sin saber si Tobeña es partidario o no de la manipulación genética para eliminar o, al menos, disminuir el fanatismo o la violencia”. (Antropotecnia. Se trata del eco de la polémica entre Sloterdijk y Habermas sobre la manipulación genética. El primero defendía que la genética era la alternativa al fracaso de la democracia. El segundo que la corrección del azar llevaba al fascismo.) Lo sorpendente es que pueda plantearse, por parte del reseñista, semejante disyuntiva. Sería lo mismo que preguntarle al médico que acaba de descubrir una enfermedad si es partidario de curarla. Naturalmente cabe objetar los efectos secundarios. En este caso los efectos sociales secundarios de la manipulación genética. Pero es que siempre cabe objetar los efectos secundarios. Y sobre todo el principal, que es seguir con vida después de la curación. La vida es un efecto secundario. El puro planteamiento de esa disyuntiva da la medida de la seria y pertinaz enfermedad culturalista que padecemos.
Escrito en Barcelona, a las 10.59, y este párrafo para el urgente diagnóstico: “El desarrollo de la ciencia y la tecnología ha paliado muchos males, pero ha creado otros nuevos: ha reforzado los virus, ha propiciado las inmunodeficiencias, ha redistribuido el dolor entre ricos y pobres creando un diferencial mucho mayor del que podamos encontrar en ninguna especie animal.”




