29 de junio de 2005
Escribía Savater sobre el exceso moral. No se opone a que los solteros o las parejas homosexuales puedan adoptar hijos. Pero sí, rotundamente, a que puedan beneficiarse de las nuevas técnicas de reproducción. “A mi juicio”, escribe, “nadie tiene derecho a programar y fabricar huérfanos en probeta para complacer a solteros o parejas de igual sexo”. Comprendo el resplandor estratégico de la palabra huérfanos; pero es muy inexacta. Si algo distingue semánticamente al huérfano es el desamparo. Y no parece, en buena lógica, que esos bebés sean concebidos para el desamparo. Aunque eso tiene sólo importancia retórica. Lo importante, conceptualmente hablando, de la argumentación de Savater es esta deducción: las parejas gays o los solteros deben jugar el mismo papel social que los orfelinatos. Pueden contribuir a la corrección subsidiaria de los dramas de la vida. Pero igual que nadie consideraría que un cuidador de orfelinato es padre de sus asilados, asimismo los solteros o parejas gays tampoco pueden ser, siguiendo la argumentación savateriana, padres en sentido estricto. Lo que establece de inmediato una seca distinción entre hijos adoptados por parejas, según estén formadas por personas del mismo o distinto sexo. Unos tendrían padres y los otros cuidadores. No es ningún drama; pero conviene subrayar que es eso lo que se está diciendo. El problema añadido es que Savater no explica por qué sólo puede ser considerada como padres una pareja de distinto sexo. Bueno, algo dice, oscuro, sobre los derechos de los niños: “Nadie tiene derecho de privar a un semejante de su filiación azarosa en la trama intersexual”. Poco puedo decir de ese derecho. Sólo que me recuerda ese grito comúnmente repetido en las irritaciones de la adolescencia: “¿Por qué me trajisteis al mundo!”. Tan desconcertante como vacío grito. Igual que el conocimiento separó el placer sexual de la reproducción, las nuevas técnicas reproductoras han desvinculado la paternidad de la pareja (heterosexual). Y han permitido que la conducta sexual no sea una condición de la paternidad, derecho que me parece mucho más diáfano que ese del niño a tener padre y madre. Desde luego la citada desvinculación aporta un buen saco de problemas. Entre ellos el que insinúa Lindo en su columna de hoy: “¿Y tú de quién eres?” Pero no parece que la mejor solución sea cortar por lo sano y establecer que sólo las parejas hetereosexuales puedan ser padres. No veo escrito en ningún lugar (sólo acaso en el mito psiconalítico) que la crianza y socialización de un niño haya de pasar por un padre y una madre y que cualquier variación sobre el tema sea un mero sucedáneo. Me parece una obligación a la altura de la parejita. Quiero decir del a por la parejita. Hay problemas fascinantes, desde luego. Uno de ellos, por ejemplo, es el nuevo carácter que presentará la lucha de genes (más duradera que la de clases), que ya actúa en las familias con hijos adoptados, pero que puede extenderse mucho más. Laberintos. Pero en el centro está el hombre y no el monstruo.
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Escrito en Barcelona, a las 10.59, y el nuevo Estatut en la cola de las preocupaciones de los catalanes no profesionales.




