28 de mayo de 2005

El parlamento regional propone y Francfort dispone. Como explica hoy La Vanguardia la feria de Francfort no aceptará que la representación de la Cataluña literaria sea monolingüe. A la feria le da enteramente igual que los escritores en castellano viajen en el vagón de ganado de la representación oficial. Una vez en Francfort sabrá cómo tratarlos. La pista del trato la exhibe la propia información oficial con que la Feria anunció que la cultura catalana sería la invitada de honor en el año 2007. A la hora de las enumeraciones, a la hora del lead, del mercado, de la sinécdoque eligió estos nombres: Manuel Váz(s)quez Montalbán, Juan Goytisolo y Carlos Ruiz Zafón. Con el mismo criterio que eligió a Dalí, Tàpies y Miró: la importancia, que ya se sabe que es un arrabal de la popularidad.

Sigue sorprendiendo la estupidez tradicional con que los nacionalistas, y ahora los nacionalistas de izquierdas, han despreciado los réditos enormes que, estrictamente para sus intereses, podía haber tenido la utilización del castellano como una lengua literaria perfectamente propia, santo y seña también de su comunidad. Sorprende que no entiendan que desde el estricto punto de vista del marketing, de la economía, del lugar en el mundo, de sus intereses nacionales, en fin, la presencia en Frankfurt de la cultura catalana al completo, sin amputaciones tragicómicas ni imposibles particiones de las aguas, multiplicaría la potencia de sus ambiciones e, incluso, de sus ensoñaciones. Lo realmente frustrante para la cultura catalana habría sido que Francfort exigiera indigenismos. Sólo catalanes. Se demostraría que la importancia de Francfort no pasaría de la de un forum multicolor. Por el contrario la invitación de la feria es amplia, generosa (pero no idiota: Goytisolo, Zafón, MVM), y se alimenta de esa peculiaridad (hermosa palabra pisoteada por el franquismo) catalana, de esa ambigüedad (bilingüismo, tradición literaria, capital editorial) que seduce en el extranjero y que sólo los políticos, instalados en la más ridícula alienación nacionalista, son incapaces de detectar.

Viejos, acartonados, sandios, loros loritos metidos en filologías, van repitiendo que una literatura es una lengua, cuando eso debía de ser, precisamente, lo que menos les interesara decir. Cuando su modelo debía de ser, justa y paradójicamente, el hispánico, el que permite hablar sin vahídos ontológicos de literatura colombiana, argentina, mejicana o chilena, sin que esa taxonomía diversa se vea afectada por el sustrato común de la lengua. Unas literaturas capaces de reproducir cosmovisiones como el realismo mágico, que no son de obligado cumplimiento para el conjunto de los escritores en una lengua, pero que sí establecen jurisdicciones literarias propias. Un camino, en suma, guiado por una utopía que esos tipos nacionalistas no están en disposición de comprender ni en sus capas más sensibles a la luz. La de poder decir algún día con naturalidad y alarde que al castellano en Cataluña se le llama catalán.

Escrito en Barcelona, a las 10.59, mais oui.

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