26 de mayo de 2005
La comisión parlamentaria que ha estudiado el hundimiento del túnel del Carmelo y la hipótesis de corrupción en la adjudicación de las obras públicas en Cataluña ha hecho públicas sus conclusiones. Reconoce que en la obra se cometieron errores, aunque no de un orden y una magnitud que supongan responsabilidades políticas. Y en cuanto a la corrupción en la adjudicación de la obra pública establece: “No se ha podido acreditar el pago de comisiones”. La palabra acreditar es importante. Está puesta ahí para evitar el riesgo de probar. La gente tiende a creer que el rechazo de algo por falta de pruebas supone una doble certeza: que no se han encontrado pruebas de algo que existe. Es el tipo de razonamiento que lleva al pueblo a exigir que un alguien pruebe su inocencia. Acreditar, por el contrario, se mantiene en un perfecto equilibrio. Como todo lo vacuo. Está perfectamente liofilizada y no tiene ninguna sarnosa connotación judicial. Sin embargo, su significado en los libros es inequívoco: “Hacer digno de crédito algo, probar su certeza o realidad”. Y también: “Afamar, dar crédito o reputación.” Y aún: “Dar seguridad de que alguien o algo es lo que representa o parece”. El cruce de esos significados, aunque puede aplicarse a las conclusiones de la comisión parlamentaria, es especialmente apropiado para juzgar la actitud del presidente del gobierno regional de Cataluña. En efecto: hace meses, Pasqual Maragall, en un pleno que pasará a los anales del parlamentarismo, dijo en referencia al partido de Jordi Pujol: “Ustedes tienen un problema que se llama 3 por ciento”. El representante de ese partido entendió de inmediato de qué iba la cosa y amenazó con el fin del mundo, es decir, con bloquear la reforma del Estatuto. Pues bien, dadas estas palabras del presidente y las acreditadas conclusiones de la comisión es evidente que Maragall no es digno de crédito, que ha perdido su reputación y que no es lo que representa ni lo que parece. En cualquier democracia nacional su destino político sería muy dudoso. Una ejemplar comisión parlamentaria, formada por las mejores cabezas de la política catalana, ha sido incapaz de apuntalar su solemne acusación. No sólo eso: después de meses de investigación el fiscal más feroz del distrito no puede ofrecer tampoco sólido. Y la prensa, qué decir de la prensa. Reputada entre las más serias del continente no ha aliviado con sus rigurosas investigaciones la soledad argumental de Maragall. Toda la potencia del Estado de Derecho catalán: Parlamento, Fiscalía y Prensa. Y nada digno de crédito. El destino del presidente habría de ser inequívoco. Porque las conclusiones de estos meses sólo mantienen vivas dos posibilidades. La primera es que Maragall mintiera: y ya se sabe el destino que los nuevos españoles (y muy en especial los catalanes) prevén para los políticos mentirosos. La segunda es que no mintiera. Pero su destino habría de ser el mismo. Un parlamento, una fiscalía y una prensa tan ineficaces (adjetivo que sortea, pero no aniquila los procesos de intenciones) no merecen en la cúpula del país a un hombre tan justo, tan valiente y tan sabio. El terrible caso de un hombre y su pueblo. “De vegades és necessari i forçós que un home mori per un poble, Però mai no ha de morir tot un poble per un home sol: recorda sempre això, Sepharad.”
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Claro y neto/Ras i curt.
Escrito en Barcelona, a las 10.59, pedaleando con Armstrong, y es que lo que tiene de jodido el terrorismo, que afianza al Pp, que si no.




