12 de mayo de 2005

Me parece completamente injusta la destrucción emprendida contra Enric Marco. Puede que no estuviera en el campo de Flossenbürg —aunque habría que presentar pruebas convincentes. Bien… ¿Y qué? ¿Acaso no estuvieron otros? Otros que padecieron las mismas vejaciones que Marco pero que, ¡ay!, tal vez no pudieron narrarlas. ¿Qué valor tiene esa mentira leve, pequeña, individual respecto a la verdad colectiva? ¿Acaso cambia la historia? ¿Podrán ahora los negacionistas aprovechar vilmente la circunstancia? ¿Existió Flossenbürg, señorías? Es lamentable que se olvide la gran lección de Aristóteles. La evidencia de que la verdad poética estará siempre por encima de la verdad de la crónica. El propio Marco lo dijo ayer con palabras claras, terminantes, que nos deberían hacer reflexionar a todos: “El falso deportado —se escribe en El País— se refirió (…) a su “verdad”, habló de fantasía hecha realidad” y “desdoblamiento”. Naturalmente. Hoy todos somos Marco. Como todos fuimos…, éste… ¿cómo se llamaba éste?… ¡Miralles, coño, Miralles!

Memòria de l’infern
(Els supervivents catalans dels camps nazis)

David Bassa i Jordi Ribó
Edicions 62. 2002

(Extracto del testimonio de Enric Marco, pags. 308-323. Traducido del catalán)

Cuando desde dentro de los vagones oyeron que la máquina de tren se paraba del todo, apagando el motor, Enric pudo ver por una grieta el nombre de la estación: Flossenbürg. Las puertas se abrieron dejando entrar un aire helado que provocaba fuertes corrientes en todo los vagones. Todo el mundo quería respirar aire puro y se empujaban los unos a los otros para poder seguir aquella anhelada frescura. Los prisioneros cercanos a la puerta caían, empujados por sus compañeros de viaje, muchos de los cuales también tropezaban y caían. Era dantesco. Gritos y gemidos. Quejas e insultos. Parecían manadas de animales desbocados, mareas humanas moviéndose irracionalmente hasta que la inercia de los movimientos se invirtió: los SS que llenaban el andén comenzaron a vapulear a los primeros caídos, a la vez que los perros atacaban a todo aquel que se movía. La consecuencia fue que todo el mundo pudo volver a subir en los vagones. Los choques entre los que querían salir y los que querían entrar provocaron más caídas. Y los SS estaban por todos lados.

–Raus! Raus Aufrichten! Aufrichten scheibe dürr!
—Raus! Im reihe! Im reihe! —gritaba otro SS mientras los perros ladraban como si estuvieran rabiosos.

Algunos murieron allí mismo porque de tan débiles que estaban con cuatro golpes los SS los remataban. Aterrado, Enric empezó a caminar en formación de cinco, en la dirección que indicaban los SS. Todo estaba nevado y viciados por la oscuridad de los vagones, los ojos de los prisioneros sufrían a la hora de enfocar el paisaje. Aún suerte que era el atardecer y el sol ya se había puesto, si no el deslumbramiento hubiera sido cegador.

Sólo llegar al Konzentrationslager les dejaron toda la ropa para entrar en las duchas de agua fría. Entraban empujados por las SS, que no se cansaban de mostrarse violentos. Algunos compañeros de vagón de Enric fue brutalmente vapuleado por el simple hecho de que no entendían el alemán.

—Achtung! Da links! Da links!

Todo eran órdenes. Y los que no las entendían recibían un primer golpe de culata que según el estado de ánimo del soldado, podían ir seguidos de una buena tanda de golpes. Algunos quedaron heridos de muerte por culpa de aquellas palizas absurdas. Enrique entendió en seguida que para sobrevivir había de extremar la atención para estar siempre lejos de las SS y obedecer rápidamente todas sus órdenes. Entonces entendió que aquel era su destino y no Stetin o Kiel. Su condena era Flossenbürg. La primera barraca donde durmió fue la dieciocho. Y después de pasar tres días de cuarentena lo enviaron a la cantera, el comando más duro de todo el campo. Nadie sobrevivía más de medio año, por lo cual los turnos eran constantes. La fatiga hacía caer a muchos de los prisioneros, que después eran ejecutados por los soldados. Y como no los dejaban recoger ni enterrar los tenían que cargar encima de las vagonetas que salían de la cantera. En la cima de la subida los SS separaban les vagonetas que tenían que ir a los contenedores de granito y las que tenían que ir al crematorio. Fue entonces cuando Enrique comprendió cuál era el objetivo final de Hitler, crear una raza superior a base de hacer inferiores a todos aquellos que quedaban excluidos. (…) Cuando ya hacía tres meses que trabajaba en la cantera recibió la orden de integrarse en el grupo interno del campo que se dedicaba a reparar fuselajes de aviones. Los informes de la Gestapo donde se detallaba su traza en mecánica le valieron el traslado.

Un alemán llamado Anton les hacía de capo. Los gritos y los golpes eran frecuentes pero Anton no se recreaba. De hecho el suyo era un grupo especializado y se tenía que cuidar un poco. Además su traslado a aquel grupo coincidió con los primeros avisos de la enfermería que alertaban de la excesiva mortandad de Flossenbürg. El crematorio no podía asumirlo todo y la productividad del campo era más baja de lo que querían los jefes de Berlín. La consecuencia inmediata fue que los SS frenaran un poco las ejecuciones absurdas y mataban sólo aquellos que consideraban negligentes o rebeldes. Por lo tanto los ahorcados en la plaza continuaban siendo el paisaje cotidiano de cada semana. No los bajaban hasta que el morado de los primeros días no se había vuelto verdoso. Asimismo, la caída violenta de los comandos no se reflejó en las barracas. Pietr, un letón amargado y violento era el kapo de la barraca de Enric. Siempre llevaba un garrote en las manos y anhelaba aplicar el castigo de los 25 golpes al primero que le diera el más mínimo motivo. Y nadie apoyaba a nadie. Eran más de doscientos hombres en aquella barraca pensada para cincuenta personas, pero Enric se sentía solo. No había ningún catalán y todo el mundo luchaba para sobrevivir. Él no desistía y encontró conversaciones con algunos franceses, checos, hombres valientes y de mentalidad resistente como él. Con los rusos no se podía llevar porque nada más entrar en el campo eran exterminados a centenares. Los polacos eran ásperos y solitarios y a los judíos les pasaba más o menos lo mismo que a los rusos: no los hacían durar mucho. Poco a poco logró convencer a algunos checos y franceses para que le ayudaran a guardar cualquier retal de diario que encontraran los comandos exteriores mientras trabajaban. El objetivo era conseguir una mínima información de la guerra, a mantener el contacto con la realidad exterior en el campo. Y la red empezó a funcionar. El paso siguiente fue el de robar pequeñas cantidades de carbón para poder alargar la hora de estufa que tenían para calentar los barracas y de aquí ya pasaron a conjurarse con los deportados que hacían de secretarios en las oficinas de traslado. Así pudieron evitar que algunos de los suyos fueran enviados a la enfermería final —donde los deportados eran ejecutados con inyecciones de benzina —traspapelando las hojas de destino o cambiando los nombres. Se jugaban la vida, pero aquellas alturas tampoco las SS se miraban muchos en los detalles. Estaban tan convencidos de que los deportados eran inferiores que les parecía imposible que un prisionero fuera inteligente. Y esto hacía que la vigilancia política fuera muy relajada.

Enric no solo lo pensaba, sino que lo había sufrido en su propia piel: un día mientras jugaba al ajedrez con otro preso, un soldado SS quiso retarlo. Evidentemente accedió pero al cabo de pocas jugadas ya había asediado a la reina del soldado y el jaque era fácil de ver. El soldado se enfureció y lanzó las piezas al suelo mientras se arremangaba la camisa. Quería hacer un pulso. Y, evidentemente, ganó. No sólo porque Enric no se esforzó demasiado sabiendo que se jugaba la vida, sino porque qualquier SS era diez veces más fuerte que cualquier famélico deportado. No pasó de aquí, pero la conclusión que sacó Enric es que los soldados estaban convencidos de ser superiores y cuando alguien o algo les hacía temblar sus esquemas usaban la violencia para imponerse definitivamente. Enric lo veía como el último recurso, pero ellos lo veían como la constatación de su poder. Siempre ganarían.

Como aquel día que alguien hizo sus necesidades fuera de la barraca y un soldado lo había visto. Los formaron y preguntaron quién había sido. Nadie dijo nada y el castigo fue dejarlos desnudos en el appellplatz toda la nooche. En pleno invierno. A la mañana siguiente había una docena de presos muertos por congelación. Así demostraban su poder. Y lo hacían siempre que querían. Cualquier motivo era bueno para matar a esos seres inferiores. (…) Como el dia que todos los deportados de la barraca 18 fueron conducidos a la cámara de desinfección. Eso decían los SS pero, claro, todo el mundo pensaba en el gas. Nadie lo había visto pero todos habían oído hablar de ello y algunos habían perdido amigos. Los encerraron dentro, todos desnudos, y arrancaron el vapor. Entonces algunos presos empezaron a gritar, a caer al suelo, a dar cabezazos contra las paredes. Enric tuvo pánico pensando que el gas ya empezaba a matar a los más débiles. Pero al cabo de unos segundos se dio cuenta de que no se estaban muriendo, sufrían ataques de nervios, algunos incluso epilépticos, por culpa del miedo. Y el pánico se contagiaba. Primero fueron dos presos, después tres, cinco, diez… Hasta que también los que tenía a su lado empezaron a enloquecer. Entonces él les soltó dos bofetadas. Y, al menos los que estaban a su lado, se calmaron. Aquella mañana vio la muerte más cerca que el día que contempló, junto con todos los presos del campo, cómo colgaron a los veinticinco checos que habían intentado huir. Pero llegó el mediodía, la tarde y finalmente la noche. Y con ella los sueños, la evasión que liberaba el alma ni que fuera por unas horas.

Y las noches daban paso a los días, las semanas, los meses y los años. Hasta que el 22 de abril de 1945 las fuerzas del tercer cuerpo militar del ejército norteamericano llegaron a Flossenbürg. Enric, que permanecía escondido en los subterrráneos de la calefacción, no salió hasta que los gritos de alegría fueron clamorosos. Se había escondido porque, sabiendo como sabía que los aliados habían entrado en Alemania, tenía miedo de que los SS los ejecutaran por rabia o para no dejar testigos de sus actos. Pero los alemanes huyeron como ratas antes de que los aliados llegaran al pueblo de Flossenbürg. Al día siguiente, 23 de abril, el campo estaba gobernado por el caos. La enfermería estaba llena de moribundos, las barracas eran escenario de peleas y discusiones, algunos habían cogido armas… En el pueblo todavía había patrullas de la policía alemana que vigilaban que los presos no salieran del campo. Los aliados los habían liberado, sí, pero se habían ido. Nadie sabía qué hacer ni adónde ir. Y, sorprendentemente, al cabo de unos cuantos días aún llegaron nuevos presos al campo. Ya no eran deportados por el régimen nazi, ahora eran desplazados que los mandos aliados iban colocando en los campos porque no sabían qué hacer con ellos. Fueron unos días de desconcierto en que la alegría por la liberación se iba volviendo agria, sobre todo para él que era el único catalán del campo, el único “apátrida”.

Escrito en Barcelona, a las 10.53, desmontando, montando y vuelta la frase “El fin de la violencia no tiene precio político, pero la política puede ayudar al fin de la violencia”, atento a la adversativa, sospechando francamente de la moral cuando la sostiene un anacoluto.

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