11 de mayo de 2005

Arranca Santos Juliá en su discurso de entrega de los premios Ortega y Gasset de la clásica identificación (“simbiótica” dice él) entre intelectual y periódico, y cita, como es natural, los casos de Zola y el propio Ortega, y L’Aurore y El Sol. Y escribe: “Desde entonces, la suerte del intelectual estará vinculada a su capacidad para alcanzar resonancia y publicidad desde una tribuna de prensa, desde algún periódico, lugar históricamente privilegiado de la presencia pública del intelectual. A fin de cuentas, no existe nada como un intelectual privado”. La afirmación es, más que cierta, obvia, si se entiende que la tarea del intelectual moderno es inseparable de la difusión más o menos masiva de sus ideas. Pero más discutible si se quiere dar al intelectual un carácter estricto de intelectual orgánico, colectivo, que se funde (y se acrisola, oh, là, là) con el de un medio de comunicación determinado. Históricamente hay alguna muestra de lo que podría llamarse un intelectual privado. Kraus es el que más quiero: privadamente y durante más de treinta años (salvo un breve período inicial) escribió, diseñó e imprimió su Die Fackel, una de las aventuras intelectuales más gigantescas (y muy mal conocida en España) de que tengo noticia. Pero la gracia y el interés de la expresión de Juliá son perfectamente contemporáneos. Es simple y rápido de decir: internet ha puesto en circulación o en re-circulación la actividad del intelectual privado, que, por cierto, tiene en común con su pariente el detective alguna que otra característica. Comparto con Juliá la firme vinculación que establece entre periodismo, intelectuales, debate y democracia. Pero no que el debate público, el pensamiento crítico y la sustancia de la democracia dependa de esto: “De que la prensa escrita se confirme, frente al ruido de los competidores audiovisuales, como lugar privilegiado del debate público”. Internet es ya el lugar privilegiado del debate público. Ese lugar sin límites incluye a la prensa, pero no sólo a la prensa. De hecho, la más grande transformación moderna del periodismo (y acaso de la democracia) consiste en que el debate social masivo se realiza también por canales ajenos a los propiamente periodísticos. Seguramente esto acabará provocando la aparición de un nuevo tipo de intelectuales. Privados o no. Pero lo más importante es que acabará provocando un nuevo tipo de democracia.

Pla y el Estauto
Fragmentos de crónicas parlamentarias

¿En qué estado se encuentra la opinión frente al problema del Estatuto? Todo el mundo sabe que, para los efectos de las autonomías, catalana, gallega y vasca, la Constitución real de España es lo que se llama el «pacto de San Sebastián». En el «pacto de San Sebastián» se dieron, por parte del comité revolucionario –convertido hoy en Gobierno legal de la República–, a los comisionados de los partidos republicanos catalanes que asistieron al «pacto», una seguridad en el establecimiento de la autonomía . En virtud de esta seguridad, la campaña electoral de hace un año se hizo en Cataluña a los gritos de «la República es la autonomía, y la Monarquía es la unidad». Los republicanos catalanes del 12 de abril, basados siempre en el «pacto», tuvieron la sensación de que la República significaba, automáticamente, no ya la autonomía, sino el federalismo. Lo del federalismo todavía colea, y la Esquerra lo tiene entre ceja y ceja. Pero la Constitución no es federal, y en realidad lo que se ha salvado, en la Constitución, es la posibilidad de que existan en ciertas regiones de España determinados grados de autonomía.

Para estos efectos, fue en nombre de la actual Constitución real de España –léase el «pacto de San Sebastián»– que se creó la Generalidad y se dieron ciertas atribuciones. El organismo y sus atribuciones fueron posteriormente legalizados por decretos del Gobierno provisional; decretos que más tarde fueron convertidos en leyes de la República. Y, finalmente, Cataluña articuló un Estatuto autonómico en cuya formación intervino activamente el actual ministro de Hacienda, señor Carner. Este Estatuto, puesto a plebiscito, fue aprobado sin dificultades por el pueblo y el documento fue, además, traído solemnemente a Madrid y ofrecido al presidente del Gobierno provisional por el señor Macià. Desde entonces el Estatuto ha seguido una tramitación parlamentaria que ha durado meses. Siempre fue idea de los actuales directores de la política catalana que esta tramitación parlamentaria sería de pura fórmula. Sin embargo, no ha sido así. El dictamen del Estatuto es muy distinto al Estatuto que aprobó el pueblo de Cataluña. De manera que, para resumir, han sucedido tres cosas durante este año verdaderamente asombrosas para Macià y sus amigos. En primer lugar, la República no ha sido federal. En segundo lugar, la supuesta relación intrínseca «República-autonomía» ha sido bastante vaga e imprecisa. En tercer lugar, el Estatuto que se creyó que pasaría rapidísimamente por el Parlamento, manteniendo incólumes sus características, ha quedado considerablemente reducido en el dictamen.

En el ambiente catalán del sentimentalismo extremista, estas tres constataciones han producido un disgusto profundo que se ha traducido en los copiosos mueras a Macià, que ha podido vivir políticamente muchos años del cultivo esmerado del separatismo y es hoy atacado frenéticamente por sus antiguos amigos. Debiera haberse contentado con un Estatuto más o menos copiado de trabajos anteriores, sobre todo de la labor realizada por la comisión del año 21. Y lo peor es que el Estatuto no está aún aprobado y probablemente saldrá de las Cortes mucho más reducido… En fin, ¡terrible!

En otras épocas de gran fervor catalanista, esta regresión observada en todos los frentes autonómicos hubiera producido en Cataluña una agitación fuerte. Sin embargo, esta agitación –excepto en el punto concreto de la campaña que están haciendo los separatistas contra Macià– no se ha producido. ¿Por qué no se ha producido? Simplemente: porque la inmensa mayoría de los catalanes no tiene ninguna prisa visible en ver implantado el Estatuto por unas personas que no le inspiran ninguna confianza. Y esto pone sobre el tapete todo el enorme problema de la situación que el señor Macià tiene actualmente en Cataluña. Esta situación fue preponderante hace un año. Se mantuvo en el momento de las elecciones generales, en las que Macià obtuvo 130.000 votos en Barcelona ciudad. Pero desde aquella fecha hasta ahora han pasado unos meses… Macià ha debido hacer en Cataluña una política social, administrativa, parlamentaria, en todos sus aspectos. Ha debido demostrar sus cualidades de estadista… Y ha sucedido que Macià se ha deshinchado por completo. Sus contactos con el sindicalismo; su choque con el gobernador Anguera de Sojo, le han alienado la burguesía y la clase media. Sus debilidades, por otro lado, condujeron fatalmente la situación social de Cataluña a la represión que culminó en las deportaciones del Buenos Aires. De manera que por este lado tampoco le ha sonreído la fortuna al señor Macià. Si a esto se añade la agitación separatista producida por el aplazamiento y obstáculos que ha encontrado la negociación de la autonomía, no podemos menos que preguntar: ¿dónde está la opinión enorme que este hombre tenía detrás el verano pasado? ¿qué se ha hecho de ella? ¿adónde ha ido?

De aquí la indiferencia que existe en Cataluña por el Estatuto, que teóricamente interesa a todo el mundo, pero, prácticamente, no hay prisa. Macià produce miedo a la burguesía y a la clase media, que estaría muy satisfecha si en lugar de Macià fuese Cambó –o, al menos, Carner– quien cuidara de su implantación. Por otro lado, los obreros tampoco se interesan por la obra de un hombre que no pudo evitar las deportaciones. Y los separatistas están, como es su obligación, no sólo contra este Estatuto, sino contra cualquier Estatuto imaginable y posible.

Esto explica el fenómeno curiosísimo que se observa hoy en la política catalana: el fenómeno de ver a un pueblo que ha luchado treinta años para obtener el reconocimiento de su personalidad y que, al encontrarse con esta posibilidad, por razones no intrínsecas, sino por exigencias circunstanciales, demuestra no tener ninguna prisa… Lo que no deja de ser picante e instructivo.

19 de abril de 1932

Escrito en Barcelona, a las 10.47, recordando al anarquista Marco de mi juventud, y asintiendo con T: “Es tan fascinante. El paradigma de la “memoria històrica”. Y tan tierno esto que dicen de que ‘lo que él ha hecho por Amical no lo ha hecho nadie’. ¿Quién puede tenir las ideas más claras que aquel que finge?

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