29 de abril de 2005. Ahmed Tommouhi lleva 4.904 días en la cárcel

Sobre la advertencia
(II)
La amenaza de Esquerra Republicana de que el independentismo crecerá hasta desbordarse si no se cumplen sus exigencias de reforma del Estatuto catalán forma parte de un mecanismo de actuación que se ha hecho habitual en la política española. Merece examinarse de cerca el animalito. Resalta su tono, generalment perdonavidas, cuando no chulesco. Y lo que es menos evidente: el tono no agrede al Estado (ente al cabo) sino a los ciudadanos que no han apoyado a los independentistas. No solamente españoles sino españoles y catalanes. Aún más preciso: agrede a la mayoría de los ciudadanos.

La advertencia independentista, y ese correlato que les lleva a arrogarse la representación en exclusiva del porvenir, sería blandamente patética si hubiese sido otra la reacción de los diversos gobiernos españoles. La seca verdad es que han consentido: y la construcción del Estado se ha convertido en un objeto permanente de negociación. La opinión española se ha acostumbrado a ver como perfectamente natural y establecido que el Estado ceda competencias a las autonomías o permita cambios de legislación en el crucial terreno simbólico (la autodenominación de las comunidades, por ejemplo), a cambio de circunstanciales apoyos parlamentarios. La advertencia ha sido puesta en acto por los presuntamente arrogados de construir un futuro peor. Y casi siempre el Estado ha reaccionado de modo cohibido.

El porqué es complejo. Pero se incluye la mala conciencia como una de las explicaciones. El Estado español tiene mala conciencia y es fácil sospechar cuáles son las raíces del fenómeno. La historia reciente vincula al Estado con la negación de los derechos antes que con su protección. Un “no” del Estado siempre es una recaída. Algunos han dicho y dicen sí a todo por escapar de esa memoria. Por escapar de la tragedia española. Los del partido de la advertencia conocen muy bien a sus interlocutores. Especialmente si son o provienen de la izquierda. No advierten en hueso. Pero hay que decir que, más allá de la pura, obstinada y antipática advertencia, el proyecto independentista no existe. Es realmente admirable que hayan conseguido convencer a sus interlocutores, no sólo de que existe, sino de que ellos merecen aplausos por contribuir a racionalizarlo, frenarlo y adaptar su ritmo al tempo histórico. ¡Han conseguido que los lelos les aplaudan por la honda lección de realismo que desprenden sus advertencias! La fantasía embaucadora de los independentistas ha obtenido un éxito total. Han hecho perfecta virtud de la necesidad. El espantajo que agitan no es, en realidad, el independentismo, sino el caos. Si el independentismo fuera un lago plácido sobrarían las advertencias. Se avisa sobre el advenimiento de la ruina. Y la advertencia es eficaz porque actúa sobre el imaginario quebrado de los españoles. Sobre la herida civil. Es también por eso que cíclicamente reavivan el guerracivilismo, sus fosas y sus memoriales. La política del miedo, el yo o el caos, se ha desplazado fatalmente de la derecha a los independentistas. Ha ayudado Eta, como es natural, prolongación jibarizada pero activa de la guerra civil.

Sin embargo, el proyecto independentista no existe fuera de su ondear fantasmal. El ridículo articulado del plan Ibarretxe (más ridículo aún que éticamente despreciable) lo prueba perfectamente. No hay nada detrás. Ni aritmética ni fraseología ni códigos. Baratarias. El proyecto independentista no es otro que el parasitismo continuado en la estructura del Estado español. Y el mecanismo de la advertencia un intento, cada vez más exitoso, de apoderarse de ese Estado sustituyendo la lógica de la democracia por la lógica del chantaje. Otro modo de estar en España, como decía el lema.

Volvió a su pueblo uno de esos cardenales del cónclave. Los paisanos le preguntaron por Ratzinger. Y contestó:
–Es muy religioso.
Escrito en Málaga, desde mi ventana abierta sobre el puerto.

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