30 de marzo de 2005
La carrera de la ministra de Cultura, Carmen Calvo, está urdiéndose con una estrategia muy similar a la de la actriz de variedades Carmen Sevilla. Incapaz de controlar sus bobadas pretende ahora vivir de ellas. No le está saliendo mal. Las intervenciones públicas de la ministra Calvo generan una rara expectación, y casi nunca defraudan. Evidentemente congrega sádicos, pero el sentimiento emergente es el de la frescura que exhibe. Ayer noche, por ejemplo, se abrió paso hasta la tribuna del Casino de Madrid, donde se celebraba el aniversario, el número 100 de Revista de Libros. Era un acto de una cierta solemnidad. Al fin y al cabo estaba la ministra. Se abrió paso, digo, con gran desenvoltura y sin dar señal de azoramiento fue ensartando logsadas al gran tronco común de su discurso, adonde siempre volvía. El tronco: los veinte años que estaba cumpliendo De Libros. Perdí la cuenta de las veces que lo dijo, machacado y, ¡oh, estúpido!, sufriendo por ella. Se trataba del número 100. 12 números al año. Y la mujer con los veinte años subiéndolos al cielo del casino, lugar de todas las miradas. Era Revista de Libros, la revista. Y la mujer, hablando de De Libros. No, no era la abreviatura que dan el trato y la confianza. ¿Qué trato? ¿Qué confianza? Hay otra revista. Se llama De Libros. Justo el 31. Pero no era su noche. No era su noche de ninguna manera. Precisamente la revista De Libros le puso un pleito hace años a Revista de Libros. Por usurpación de la marca. Que perdió. No fue agradable. Y ahí estaba esa mujer recordándolo, cual periquín, una, cien veces y mil. La ministra Calvo no tiene ninguna gracia. Hace mal su trabajo. Con desidia. Es cierto que su cargo es por completo inofensivo. Pero no su nómina.
Escrito en Madrid, en una habitación del Hotel Suecia, poco antes de las diez y media de la mañana, el día de hace 211 años en que acabara el desamparo del noble Condorcet, huido, descubierto y apaleado, y hallado muerto en el suelo de la cárcel de Bourg-la-Reine.


