27 de marzo de 2005
Hay algo que Tariq Ramadán no parece comprender. Y es que el problema de la instalación en Europa de la religión islámica no es el cristianismo. Es el ateísmo. El agnosticismo. O la temerosa indiferencia. Esas tres glorias de Europa. Y nuestro problema: que después de una laboriosa tarea de descristianización (por no referirme a las remotas, apolíneas y triunfantes batallas contra Zeus y Júpiter) que ha llevado a los hombres de este continente a las afueras del lugar donde sólo habitan los dioses, tengamos que afrontar la perspectiva de nuevos años empeñados en la lucha contra el mito, y en una versión que tiene la fiera agresividad de la pureza.
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Dice Ignatieff que las decapitaciones no han de mostrarse en la televisión. “Vivimos en una cultura constantemente amenazada por la pornografía, y la peor pornografía es la de la violencia” No. En absoluto. La peor violencia siempre es púdica. Y otra cosa: es letal la identificación entre el sexo y la muerte. Propia de kamikazes y toreros. Fuera de ese raro porcentaje, un hombre asesinado no puede ser nunca un objeto pornográfico. Pero por si Ignatieff tuviera razón: la única manera de evitar la (supuesta) pornografía de la muerte es mostrándola. Convirtiéndola en un acto público y político. Evitando su pase privado. Los canales X. Las simas web. Combatiendo el prestigio y la fascinación de la oscuridad. La pornografía no soporta la exhibición.
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Lo más enternecedor de Pedro J. Cuando después de aludir al irresponsable acto de vanidad del dirigente socialista José Blanco (yo sé Huarte por qué y vosotros no), tan irresistible entre políticos menudos, dice: “Era, nunca mejor dicho, Blanco y en botella. Sobre todo porque, según las intensas pesquisas que veníamos desarrollando contrarreloj en Asturias, nosotros también habíamos llegado a la conclusión de que tenía que existir algún vínculo entre el CNI y aquel individuo con bigote que posaba tan ufano ante su póster de Yasi Arafat.” (Basta con las palabras clave intensas y también)
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El gran Jaime Peñafiel y este microrreportaje para que aprendan los niños:
Zegrí, el caballo blanco… de Franco
En los primeros años de la década de los 70, tuve la oportunidad de ver cómo ensillaban a Franco en un caballo, que no podía tener otro color de capa que la del caballo blanco de Santiago. Lo que entonces se ignoraba es que quien fuera capaz de desensillarle, buen desensillador sería.
A lo largo de mi dilatadísima vida profesional, durante la que he conocido y convivido con grandes personalidades pero también con dictadores y tiranos, varias fueron las ocasiones en las que compartí puesto de caza con el general. A solas los tres: Franco, el secretario o escopetero, llamado Juanito, y un servidor, que iba de lo que era y es, reportero. En todas las ocasiones, el mismo escenario: el coto del Cerrón del Castillo de Prim, en los Montes de Toledo, propiedad de Antonio Guerrero Burgos, un ilustre abogado, fundador y primer presidente del Club Siglo XXI, una plataforma de talante todo lo democrático que en aquella época se podía y donde, entonces, se pasaba del dictador. Había que tener valor, sobre todo en los años postreros de la dictadura.
Aquellas jornadas cinegéticas me depararon varias y sabrosas experiencias, una de ellas protagonizada por Zegrí, un viejo caballo blanco -tordo, dirían los conocedores- de 16 años, más manso que una mula y cuyo cometido era transportar a Franco hasta el puesto de caza. Para ello, el general había de pasar por el duro trance de ensillarse en el jamelgo, tarea difícil y complicada, dada su edad, la de él, y su constitución, la física, of course.No hay que olvidar que el Caudillo de España, de la España de entonces, era piernicorto, barrigudo, de gordo trasero y baja estatura. En la operación de encaramar al dictador en el caballo, colaboraban, habitualmente, cuatro o cinco personas: el guarda, que sujetaba el animal, un mozo de cuadra y dos guardias civiles de su Casa: el que le aupaba por la izquierda, empujándole por el trasero (según dijo alguien, tanto si se trata de una cabalgadura como del más elevado trono, no estamos sino sentados sobre nuestro propio culo) y, un segundo, a veces eran dos, colocados al otro lado del caballo y cuya misión allí era impedir que, por exceso de impulso de quienes le aupaban, arrojaran al general por el lado contrario. Mi anfitrión siempre me advertía que era mejor no mirar para no violentar a Su Excelencia, que, consciente de sus limitaciones físicas, lo pasaba mal sabiéndose observado en situación poco marcial y digna. Sobre todo, cuando la operación había que repetirse por culpa de las moscas cojoneras que tenían a Zegrí harto nervioso, el cual, con sus continuos movimientos, impedía al general voltear la pierna. Una vez finalizada la penosa operación, -cuyo resultado, nada que ver con el monumento ecuestre desaparecido- el cortejo se ponía en marcha y, como si de un safari, que no de montería, se tratase, allá que íbamos tras el jinete el anfitrión, Juanito, los guardias civiles y el periodista.En fila india. Mientras el séquito volvía sobre sus pasos, allí me quedaba yo, a solas, con el general y Juanito. Compartiendo los ocho metros cuadrados de aquel corralito de piedra. Franco, a veces, se percataba de no estar solo. Giraba la cabeza clavando en mí aquellos ojos fríos y penetrantes, acostumbrados a distinguir lo que estaba lejos pero a ignorar lo que tenía cerca de él.Incluso, alguna vez me habló. Más vale no lo hubiera hecho. Fue para preguntarme si un ilustre personaje, que yo conocía y admiraba mucho, era o no masón. ¡Para temblar después de haberle oído!


