28 de febrero de 2005

Grabando un programa de televisión se dirigieron al responsable de la campaña publicitaria de Zapatero, al inventor de ZP, al señor Juan Campmany, y le dijeron:

—Venga, tú que eres publicista pon el titular.

Me quedé muy pensativo. En la mesa había dos periodistas y uno de ellos era el autor de la invitación. Pero la frase respondía absolutamente a lo real. En el caso de ZP, desde luego, cuyo discurso está organizado a base de eslogans superpuestos, y donde es muy difícil encontrar un periodo subordinado. Un periodo subordinado en sentido profundo, y no meramente lingüístico, desde luego. Es decir, un periodo que muestre una serie de ideas agrupadas y vinculadas aunque su organización superficial sea paratáctica. La frase de Léautaud. No es imprescindible que concuerden las palabras si lo hacen las ideas. El asunto, sin embargo, rebasa Zapatero y sus junturas. La gran mayoría de discursos políticos están organizados en torno a diversos archipiélagos de sentido donde los periodistas anclan sus titulares. Estos archipiélagos están redactados en su fase final por publicitarios, o a través de una lógica eminentemente publicitaria. En otro tiempo el periodista extraía el titular de un aparato discursivo compacto. Lo creaba, en cierto modo. Hoy elige entre una variada muestra diseñada, incluso, para medios y público diversos. Hay un momento fundamental de la relación entre la política y el periodismo que sería muy interesante precisar. El momento en que el parlamentario ya no se dirige a sus iguales sino que vuelve la cara y el sentido de su discurso hacia la prensa. Es un momento clave. Antes de que se instalara, el parlamentario desplegaba sus instrumentos de convicción entre sus colegas, con instinto, incluso, de pavo real. Es el momento de la gran oratoria. Es perceptible el orgullo de las ideas, la confianza en la argumentación. De algún modo la partida no estaba jugada. Nada que ver con lo de hoy. Las consecuencias son evidentes. El diputado de hoy ensaya un discurso donde la persuasión es secundaria. El diputado sabe que no va a convencer a nadie. Sus palabras van dirigidas a los medios. Para convencer a los medios se precisan menos los argumentos que los fogonazos. El periodista, así, ya no es el narrador de una acción organizada, en cierto modo, al margen de su presencia. No es un extraño. Todo ha sido preparado para él. La primera obligación, pues, del periodista moderno es denunciar el factoide, aquello que ha sido construido exclusivamente en función de su presencia. Cabe nombrarlo, desde luego. Transcribirlo. Pero otorgándole su estatus pertinente. El antiguo sobre es hoy el eslogan. El fondo de reptiles. El problema no es cobrarlo sino ocultar que se cobra.

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