28 de enero de 2005

El señor Francisco Rubio Llorente, presidente del Consejo de Estado, no sabe cómo zafarse de Pasqual Maragall. Se ha negado más de una vez a los requerimientos del presidente de la Generalitat para que presentara alguna de sus conferencias. O para que avalara, con algún otro protocolo sus iniciativas políticas. En la excelente crónica que El País publicó sobre la conferencia de Maragall en el Foro Nueva Economía resaltaban los patéticos intentos de Rubio Llorente por escapar a toda prisa del gamarall maragalliano. No le presentó la conferencia, pero seguramente no pudo librarse de asistir a ella. El presidente catalán dijo, citándole, que “comunidades nacionales” era una fórmula interesante. Y no sólo eso: “Espero que modifique y cualifique el artículo 2 de la Constitución”. Las explicaciones de Rubio suenan penosas. Primero que había hablado a “título personal” de “comunidades nacionales”. El título personal es ya un eufemismo tan risible que sólo empeora las cosas. Pero lo peor fue cuando Rubio Llorente dijo que entendía las “comunidades nacionales” de modo distinto a Maragall. Como si el término hubiese sido transportado —ingenuamente: ya se cuidará muy mucho otra vez Rubio Llorente de tener tratos con Maragall— para que significara alguna cosa y no para atenuar (eufemísticamente) a nación. El empeoramiento definitivo vino, como siempre, de mano de la cultura. Dijo Rubio Llorente que eran “comunidades culturales, no jurídicas ni políticas ni territoriales”. “Comunidades nacionales culturales”. El presidente del Consejo de Estado. Ahorcado en su propio gamarall.

En el prefacio a París era ayer, antología de las notas que Janet Flanner(ie), envió durante quince años al New Yorker sobre la ciudad de entreguerras, James Campbell: “No sería del todo cierto afirmar que las Cartas de Janet Flanner del París de los años veinte o treinta te hacen tener la ilusión de que estuviste allí. Lo que ofrecen, más bien, es la deliciosa experiencia de leer a alguien que sí estuvo”. Casi se lamenta Campbell. Pero esa ilusión a que alude es la propia de la ficción. Y de la televisión. Leer es otra cosa. Cosa distinta de creer.

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