30 de diciembre de 2004

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SE PODÍA [podría] HABER EVITADO [llevo muchas horas esperando que alguien lo escriba: da 3.450 googles, casi todos miserables, y cualquier frase con esa cota no debe utilizarse jamás. Aunque encierra, ciertamente, una verdad autorreferencial]
MARÍA JESÚS IZQUIERDO CARBALLO
[Debido sin duda a su importancia, El País y El Mundo publican hoy, mancomunadamente, este mismo artículo]

“Los desastres naturales [cursiva: ya se sabe lo que viene: la mano del hombre: la perspectiva gaiareligiosa, siempre tan agradecida] no son inevitables; todo lo contrario [o sea: son siempre evitables], pueden gestionarse y reducirse [para qué habrá que gestionar (verbo de gestoría, en efecto) o reducir lo que no sucede] tomando las decisiones políticas y técnicas apropiadas en materia de desarrollo. A nivel mundial existen buenas prácticas [no hay que despreciar la gramática de esta frase; anticipa que tales “prácticas” no existen] que podían haberse aplicado en el Sureste Asiático, con lo que se hubieran evitado miles de muertes y cuantiosas pérdidas en las poblaciones afectadas por el desastre humanitario [es un poco pronto para hablar de “desastre humanitario”, es decir, de desastre en la atención a las víctimas: pero esta gramática anticipatoria es formidable. Al igual que el artículo ya estaba escrito antes del tsunami, también el “desastre humanitario”. Es, simplemente, la reedición del celebérrimo principio eisensteniano: “¡Aplica la línea general!”.]

Tradicionalmente, los desastres se han visto como sucesos excepcionales [creo que sí], impredecibles, fruto de la mala suerte, ante los que no queda más solución que atender sus consecuencias, una vez que se han desencadenado. [en la cadena falta la única explicación sensata: es decir que los desastres superan a menudo nuestra capacidad de conocimiento, incluyendo la de María Jesús Izquierdo Carballo] Sin embargo, no es así. Los desastres son predecibles [y si no se predicen es porque qué más dan cien mil más o cien mil menos] y no son tan [un poquitín] naturales como frecuentemente se señala. Efectivamente se producen por la incidencia de procesos ambientales como son los terremotos y los tsunamis, los huracanes o las sequías; pero es a consecuencia de su interacción con determinadas intervenciones [incidencia, interacción, intervención: la misma nada: por este camino acabará diciendo que han muerto por estar vivos] humanas (como la urbanización [un atraso], la deforestación [que se reduce, aunque Izquierdo Carballo lo ignore], la falta de políticas preventivas [ni “falta” ni “política” ni “preventivas”, quieren decir nada] y de preparación [hay que prepararse] ante los desastres), lo que determina que finalmente se desencadene un desastre como el que ha ocurrido en los países del Sureste Asiático.

Nuestra relación con el entorno no tiene por qué terminar en desastre humanitario [pero no te engañes: ella, la paradisíaca, en el fondo cree que sí]. La definición de políticas eficaces [como “políticas preventivas”: palabras ecológicas, cuya interacción en el medio es nula: ah, cómo deforestaría yo esa langue du bois] y su aplicación es fundamental, por cuanto tiene el potencial de disminuir estos riesgos, evitando el desastre. Es fundamental poner la atención en las causas que definen de antemano la vulnerabilidad, para prevenir y evitar el desastre. Existen buenas prácticas que demuestran que es posible. [aplicación, fundamental, vulnerabilidad, desastre, buenas prácticas, es posible: la escritura del tsunami]

Un ejemplo de ello es la Red de Sistemas de Alerta Temprana en el Océano Pacífico, que a través de la recogida, análisis y procesamiento de datos relativos a tsunamis, alertan a los organismos políticos para que a tiempo adopten medidas que eviten las consecuencias de un desastre. Las comunidades costeras del Pacífico son conscientes de las medidas inmediatas que hay que tomar si el mar retrocede después de un terremoto y alertan a su población de los riesgos de tsunamis. No así los países del Índico, como hemos podido ver. El Sistema de Alerta Temprana no hubiera evitado el maremoto y los tsunamis consiguientes, pero sí hubiera alertado a la población para evacuar la costa, y salvar miles de vidas. [Ni siquiera los datos, los datos ínfimos que suministra: lo cierto es que el sistema de Alerta Temprana del Pacífico avisó a los otros países no conectados al Sistema, como resulta lógico y sobre todo natural]

Existe una estrecha relación entre el desarrollo de los países y el riesgo de desastres. [Creo que sí. Entre otras cosas, Creciente Fértil, porque el desarrollo también depende del nivel de riesgo de desastres. Y aquí lo dejo porque la palabrería deja paso a la numerería: sólo decir que Izquierdo Carballo es responsable de Gestión de Riesgos de Desastres de Ayuda en Acción y que escribe, así, sobre los remotos cadáveres de decenas de miles de personas, y que esto es también el kilómetro sentimental, porque esta prosa estaría prohibida a pocos metros de la muerte] Naciones Unidas previene de las dificultades de cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) como consecuencia de las pérdidas en materia de desarrollo y el gran sufrimiento humano que conllevan estos desastres humanitarios. Según Naciones Unidas, los desastres causan al día 184 muertes, como promedio. Más de 1,5 millones de personas perdieron la vida entre 1980 y 2000. Por cada persona fallecida se calcula que unas 3.000 personas se encuentran expuestas a estas amenazas naturales. El 53% de las víctimas mortales que se registran como consecuencia de los desastres se produce en los países menos desarrollados. Esta cifra evidencia la estrecha relación existente entre desastres y nivel de desarrollo si tenemos en cuenta que sólo un 1,8% del total de muertes se produce en los países desarrollados.

En los últimos años se ha incrementado el compromiso de los Gobiernos y de los organismos internacionales al adoptar medidas específicas encaminadas a reducir los riesgos de desastres; sin embargo, su materialización continúa siendo un lento proceso.

El desastre humanitario en el Sureste Asiático va a ser la desoladora antesala a la próxima Conferencia Mundial sobre Reducción de Desastres de la ONU, que del 18 al 22 de enero de 2005 reunirá en Kobe (Japón), a representantes de los Gobiernos, organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil, para definir políticas y un plan de acción que integre la reducción del riesgo en la planificación del desarrollo en el próximo decenio (2005-2015).

Ojalá que las desoladoras noticias que hoy nos llegan de Asia no queden en el olvido dentro de unas semanas, cuando en la Conferencia Mundial se requiera el compromiso político de los Gobiernos y organismos internacionales, así como de las organizaciones de la sociedad civil, para prestar mayor atención a la prevención y preparación de desastres, de manera que podamos evitar, lo que hoy tenemos que lamentar en Asia.”

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