27 de diciembre de 2004

Mi querido amigo,

en primer lugar, una obviedad: los que convierten un cadáver en un cadáver público no son los periodistas, sino los terroristas. Una de las características principales del terrorismo es que no se concibe sin el anuncio. El hecho de que el anuncio forme parte de su naturaleza (hay sobre eso unas iluminadoras palabras de Ferlosio que ya he citado muchas veces) ha provocado que algunos ingenuos (y algunos ingenuos inmorales) hayan propuesto suprimir pura y simplemente la noticia terrorista. O, conociendo la pura imposibilidad de suprimirla (porque, en efecto, eso sería como dictar por decreto que no amaneciera), tratar de aminorarla. “Para no seguir el juego al terrorismo”, dicen, o más bien decían, antes de que la destrucción de las Torres Gemelas se llevara también por delante sus juegos. Aminorar la noticia terrorista supone, y hay estremecedoras ejemplos en la España de la última Restauración, dejar a las víctimas a solas con su destrucción y a los directa o indirectamente amenazados solos con su pavor. Porque es evidente que la noticia del terrorismo se diseminaba perfecta y siniestramente en las comunidades locales sujetas a su tiranía. Es así como el terrorismo destruyó silenciosamente Euskadi (y aún no sabemos hasta qué punto lo ha destruido) hasta que, primero, un grupo de vascos, y luego buena parte de la sociedad española empezó a vocear la noticia, espeluznantemente aminorada durante dos décadas.

El terrorismo es, pues, el que deja el cadáver en la plaza pública. El terrorismo, repito. Y lo repito porque se suele creer que el terrorismo sólo provoca la muerte y que con la muerte acaba toda la responsabilidad del terrorista. Grave error. El crimen terrorista es de amplio espectro y la sociedad debe vivir con su onda expansiva durante mucho tiempo. Es importante precisar quién fabrica la onda. La tentación de limitar, ilusoria y expeditivamente, el eco terrorista, la tentación de abordar el problema por sus efectos y no por sus causas lleva a señalar a los medios como cómplices necesarios del crimen. De acuerdo: admitamos ese supuesto infamante: pero sólo si estamos dispuestos a señalar también a la democracia como cómplice.

Entre los fundamentos del Estado de Derecho, y entre los menos exhibidos y analizados, está la evidencia de que la democracia es también un sistema de comunicación. Donde juegan un papel muy importante dos rasgos característicos de la modernidad: la memoria social (hablo de la memoria cifrada, organizada y no del mito de la memoria colectiva) y la solidaridad de la especie. El periodismo ha sido fundamental para la creación (por desgracia muy moderna) del monumental archivo de conflictos de la Humanidad, un archivo que ayuda más de lo que creemos a la resolución de los conflictos y que aún lo hará más en el futuro. También el periodismo ha sido fundamental en una paulatina toma de conciencia de los hombres, mucho más capaces ahora de verse como miembros de una especie, al margen de etnias, naciones, clanes o familias. Que alguien en el living burgués se sienta conmovido por el fulgor instantáneo del pescador indonesio que explica cómo su familia ha muerto engullida por el maremoto no me parece que quepa interpretarlo en los habituales términos desdeñosos que utiliza cierta intelligentsia (mucho más de boudoir que de living).

Es obvio que la calidad de la democracia, de su sistema comunicativo, puede y debe mejorarse. Pero es obvio que algunas de sus grietas forman parte de su naturaleza y que los terroristas se aprovechan de ellas. Como se aprovecharon del ingenio llamado avión para realizar el atentado más espectacular y de mayor muerte de la historia sin que por eso a nadie se le ocurriera cuestionar la naturaleza de la aviación, que es la de elevarse. La naturaleza del periodismo es contar. Y evidentemente, como le leí el otro día a un fotógrafo americano, cuando los terroristas bombardean un campamento de marines la historia que hay que contar sólo puede contarse entre los cadáveres. La pregunta importante es si la sociedad, ahora que ha perfeccionado hasta lo inverosímil la capacidad técnica para contar, para adentrarse en territorios íntimos otrora inexpugnables, está dispuesta a atender el relato que se deriva de tal approachment tecnológico. Quizá no.

Algunos familiares de víctimas (no todos: yo conozco hermanos, padres e hijos que opinan radicalmente lo contrario) piden que se silencie el eco del terrorismo. Están en su derecho. Pero se equivocan de interlocutor. En puridad eso sólo se lo podrían pedir a los terroristas. Y, lógicamente, antes de que hubiesen cometido sus asesinatos. En sus peticiones hay un desesperado intento de revocar el crimen. Me hace saltar las lágrimas, pero no les concede la razón. A sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos los mataron de una determinada forma. Nunca serán muertos privados. Tan verdad como que están muertos. Los mataron para dar ejemplo (el terrorismo siempre es ejemplarizante) y ese ejemplo (con la pena, la nobleza, el miedo y los muchos y terribles conflictos que conlleva) estará siempre con nosotros. Y también estará (a veces lo olvidan las víctimas) para protegernos de otras hecatombes posibles.

Comprendo que los familiares no quieran ver a sus muertos. También soportarán difícilmente verlos vivos y sonrientes en las fotografías, en las películas, en la ingente memoria de los archivos privados. Comprendo que vayan por los periódicos o las televisiones como por un campo de minas. Y es verdad que si alguna gentuza del oficio se muestra cruel y despiadado con los vivos qué no hará con los cadáveres. Y que debe ser sometida a vigilancia, la gentuza. Pero sus familiares murieron en los periódicos y nadie cambiará eso. Al trasluz de algunas actitudes altisonantes (y ya no me refiero ahora a los familiares), aparentemente muy solidarias con las víctimas, hay sólo autodefensa disfrazada de hipocresía. Muchos de los que no quieren a los cadáveres en los periódicos ni defienden a las víctimas ni velan por ellas: sólo defienden su desayuno. Como aquel que decía, en una carta antológica publicada en El País, que había ido a todas las manifestaciones en contra la guerra y había currado como el que más, y que por favor no le mostrasen la niña iraquí amputada. Ya había hecho bastante, creía, con su toreo de salón.

Amigo, es terrible, pero no son sólo suyos sus muertos. Porque del terrorismo se trata. Del terrorismo que mata, trocea y expande.

Un gran abrazo
A.

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