6 de diciembre de 2004 . Ahmed Tommouhi lleva 4.764 días en la cárcel

“Tanques del Ejército y vehículos de combate arremetieron contra el último bastión rebelde de Faluya al atardecer del sábado, después de que los aviones de combate y la artillería les allanaran el camino con un feroz bombardeo en el distrito. A primera hora de la tarde, 10 columnas de humo se elevaban del sur de Faluya, mientras se cincelaba en el cielo del desierto la catástrofe de los insurgentes”. El arranque de portada del New York Times, del 14 de noviembre, según el artículo de Jeffrey D. Sachs que publica hoy El País. Sachs cita este párrafo después de dar cuenta del estudio de Lancet: aproximadamente cien mil iraquíes han muerto desde el comienzo de la invasión. Y Sachs se pregunta qué hace la prensa. ¿La prensa? Metáforas. Malas de cojones. Humo que cincela, nada menos. El corresponsal del New York Times escribe desde el lugar donde se lanzan las bombas. Escribo lo que veo, se defendería. Sin embargo hay un poso de mala conciencia. ¿Qué hace feroz ahí? Pero, sobre todo, ¿qué hace la catástrofe de los insurgentes (cincelada) en el cielo? Bien: sólo son los restos patéticos de la objetividad. La objetividad es la capacidad de narrar los hechos con independencia del lugar, moral, pero también físico, donde uno se halle. Las bombas se elevan y caen. Ya se sabe que es una parábola difícil de seguir para los relativistas. Pero se les puede pedir un esfuerzo. En las redacciones, y en el mejor de los casos, les dicen a los alevines: ve y cuenta lo que veas. El pobrecito se cree que ver es es sólo lo que ven los ojos. Así suele llegar a la redacción, como un Fabrizio cualquiera, cargado con un buen saco de matorrales y algún casquillo de bala en los días mejores. Buen trabajo chaval —le espetan. Luego le comunican que su historia va a abrir el periódico. Tiembla. Sólo trae matorrales. “¿Mi historia? —inquiere— ¿Abriendo?” Es entonces cuando la conciencia le pide un poco de cincel en el cielo. La culpa no es enteramente suya. De hecho sólo peca por pretender llorar con una metáfora lo que no pudo saber como un hombre. El problema es que en las redacciones ya no hay nadie capaz de poner Waterloo sobre los matorrales de Fabrizio. Están haciendo negocios. La única síntesis.

Comments are closed.

-->