5 de diciembre de 2004

Los adjetivos son: “Chapuceros, menos éticos, menos ciudadanos, menos cuidadosos; más sectarios, menos autocríticos sobre sus errores y, en general, más perjudiciales para la democracia que hace 30 años”. Y este dato: “Sólo el 35% [hace 15 era el 55% — piensa que los medios informan objetivamente.”. Se trata de lo que piensa la sociedad norteamericana respecto de los periodistas: datos del año 2000 del Project for Excellence in Journalism que hoy revisa El País. ¿Qué profesión sobreviviría con esos porcentajes de admiración? Exacto, la política. La paradoja de la objetividad. El desprecio casi unánime que conlleva. Aunque hay un premio Cervantes (lo citaba Savater) que escribió: “El escrúpulo de la objetividad es incluso anterior a la honradez: es condición de posibilidad de ésta; quien no lo tenga no puede ni tan siquiera aspirar a ser honrado”. El desprecio por la objetividad. Y sin embargo, ¿por qué preguntan por ella en todas las encuestas sobre periodismo? ¿Por qué preguntan por un fantasma? Quisiera saber qué entiende la gente cuando le preguntan por la objetividad. Incluso me gustaría saber qué entienden los encuestadores. Probablemente, un cruce más o menos vago entre la honradez y la verdad. La gente sabe que las informaciones sobre el seguro de vida del exministro Trillo no son objetivas. O que no hay un solo hecho que sostenga el negro wishful thinking agujereado de El Mundo (m). Pero la objetividad tiene una semántica precisa: es la posibilidad de dar cuenta de los hechos al margen de las creencias. Cuando un niño levanta la mano y me pregunta si creo en la objetividad, me froto los ojos y respondo mecánicamente que si no creyera (me subo a su verbo para que no se pierda) no me habría dedicado un sólo segundo a esto. El País cita hoy otro estudio de un Pew Center. Alarmados. Ese Pew y El País. La mayoría de los periodistas son de izquierdas. Bien, ¿y qué? ¿Qué pasa con los maestros? ¿Y con los abogados? El problema no es si faltan periodistas de derechas, que compensen. Aún no han entendido que del choque de dos mentiras no nace la verdad, sino el delirio. El problema de tener una mayoría de izquierdistas en el gobierno del periodismo no es lo que piensen sobre los impuestos o el urbanismo. Es lo que piensan sobre la posibilidad de decir la verdad. La mayoría se han formado en una caldo conspirativo, en el irresuelto asesinato de Kennedy. Han optado por el yo, por la primera persona moral y narrativa porque les remitía a la disolución de los hechos y no, como Orwell, porque el yo sea la garantía primera de la objetividad. Sólo últimamente parecen haber reaccionado, aunque de modo parcial y con tardanza, a propósito de asuntos como las presuntas armas de destrucción masiva de Sadam. Las mentiras de los gobiernos son necesarias: al menos para que cada 25 años los periodistas izquierdistas recuperen su confianza en la verdad y en la objetividad. En cualquier caso el escepticismo acerca de la objetividad parece haberse trasladado al público. El público no premia, ni aquí ni en América, los esfuerzos objetivos. La Fox, Michael Moore et al: de esto se trata ahora. ¿Por qué el público habría de tener más confianza en los medios que los medios mismos? La distopía orwelliana. Y ahora va en serio.

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