29 de noviembre de 2004

El nuevo periodismo. El viejo periodismo. Alguien está en el Congreso. Escucha, escribe, publica. El lector agradece que se elimine el ruido. Los nexos, lo insustancial. Los tiempos muertos de la ceremonia. Periodismo. Es decir, no la vida en directo. Es decir, no está pasando, lo estoy viendo. Periodismo. Unos minutos de mediación. Un pequeño lapso para relacionar, para cuadrarlo. El periodismo. Sintaxis. Lo que no hay en el directo, mera yuxtaposición de infinitivos. ¡Y mañana los periódicos de papel publicarán dos páginas resumiendo la intervención! Dos páginas que hace veinticuatro que hemos leído. Leído. Ni oído, ni visto. ¡Leído! Los periódicos de papel ya sólo viven de los desinformados. Como antes. Sólo que antes eran muchos.

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Lecciones del caso holandés
Salvador Cardús
La Vanguardia 24/11/2004

Los graves conflictos xenófobos que ciertos individuos han protagonizado en Holanda a raíz del asesinato del cineasta Theo van Gog, enfrentando a la población autóctona con la población musulmana [es una contraposición incorrecta, que adelanta muchas de las graves incorrecciones éticas y formales del artículo: “autóctono” se debe oponer a “inmigrante”, no a “musulmán”], sugieren algunas reflexiones arriesgadas pero convenientes [una adversativa tan razonable como “prudentes, pero inconvenientes”].

Vaya por delante la confesión de que nunca he estado en Holanda [podría ir por detrás, dado su calado] y que la información de la que dispongo se limita a lo publicado por la prensa de aquí, a algunos artículos de opinión en la prensa local y extranjera [aquí, allá o acullá: con la sintaxis de un nacionalista sin Estado es imposible descifrar qué diarios lee y cuánto disimula: pero pongamos que ha leído La Vanguardia, Diari de Terrassa y El País] y a unas pocas [oh, oh, más de una, quiere decir: el proceso de conversión de “pocas” en “muchas”, de un adjetivo en su antónimo es uno de los más fascinantes de la lengua y de la falta de modestia] conversaciones personales [muchas y face to face] con expertos de aquel país [como son de aquel país y Cardús no ha estado en Holanda es probable que hayan venido especialmente a verle]. Y debo dejar claro que lo fundamental de lo que diré son [“está en”, que para eso distinguimos entre los dos verbos cardinales, incluso en catalán] los interrogantes y no tanto [no tan fundamental, pero también fundamental, no escribe accesorio el pedagogo] las respuestas intuitivas que pueda dar [“lo fundamental de lo que diré son las respuestas que pueda dar”: así se escriben los periódicos de hoy] aunque me atreva también a apuntarlas [el riesgo que corre]. Finalmente, entre las precauciones que hay que tener en cuenta en cuestiones de tal gravedad, está el hecho de la dificultad [las precauciones del hecho de la dificultad] intrínseca [no podía ser menos que intrínseca: el camal siempre espera a su pata] de analizar cualquier realidad social [¿tan arriba vamos?] a partir de situaciones excepcionales. Tanto el estado de alarma por el asesinato del candidato Pim Fortuyn en su momento, como ahora el de Theo van Gog [el estado de Theo Van Gogh], los incendios a mezquitas [a mezquitas] y las amenazas de muerte a los críticos de ciertas costumbres [esa costumbre: la de pegar un poco a la mujer] musulmanas son estallidos graves [la alarma, los incendios y las amenazas: se mezcla y hace pum (gravemente)] que pueden funcionar [el estallido funciona: ya lo dicen los terroristas] como síntomas de algo más profundo [si ya no se advertía lo, en primera instancia, profundo qué decir de lo profundo derivado: debe de ser la tesis], pero que no deben confundirse con la propia realidad ordinaria [cierto: es difícil imaginar que los estallidos sean la realidad ordinaria de los holandeses: incluso es difícil imaginar algo parecido en Irak. O sea que debe de querer decir que en Holanda ha pasado algo] de la sociedad holandesa que se quiere analizar [entera].

Pero tomadas todas estas cautelas [eso es: hay que tomar riesgos con cuatela y el Cardhu con hielo: ¡ah, serán las muestras más bajas del ingenio pero cómo alegran la mísera vida del parásito!], sí hay que señalar que resulta inquietante que en Holanda —y en Alemania, en Austria y también en Francia— se asista [dios nos asista] al resultado ahora explosivo [estallido] de una larga trayectoria de inmigraciones asentadas en esos países. [En realidad no habría que leer más. Aquí está la tesis con todas sus cautelas: el crimen es el resultado de la inmigración.]

Y es muy preocupante que, en consecuencia, ganen fuerza los partidos de derecha radical [¿preocupante?: preócupese de usted, porque usted piensa lo mismo que la derecha radical: esto es, que la inmigración es la responsable de los crímenes: ¿preocupante?: eso es lo peor de su farsa hipócrita, nacionalista y racista: que encima quieran salvar la estética], con el apoyo no sólo de una parte de las clases medias siempre asustadizas [sí, muy asustadizas: eso forma parte de la tópica triangulación de la vida en que incurren una y otra vez gente como usted, los cautelosos arriesgados: el tipo que se levanta, besa a sus hijos, va al trabajo, trabaja, vuelve a casa, besa a sus hijos y se va a dormir: el monotóno asustadizo: y usted el descoyuntado sintáctico que escribe artículos valentorros: éstos, usted mismo, que razonan como fascistones pero aún sienten como los progrecitos que fueron: asustadizas clases medias, dice el héroe imperturbable, y lleva medio articulín y ya ha mojado los pantalones], sino de los sectores más populares [el léxico marxistizante. Por no decir “los pobres”, que ofende al sujeto revolucionario y sobre todo a los que escriben artículos burgueses] de la población.

Todos estos países, además, se han caracterizado por sus políticas sociales avanzadas y generosas con la inmigración [así lo piensa, claro, el que las otorga], por su cultura tolerante [un paradigma: la del hombre que firma este artículo: ahí tienen un tolerante, exactamente, es decir, un perdonavidas] y por su talante abierto [es un riesgo no poner nada al lado de un punto: porque el lector, aburrido, convierte el punto en un punto y final]. Por lo menos, mucho más que en nuestras latitudes. De manera que la pregunta inevitable que uno debe hacerse es qué error se ha cometido para que no sólo no se hayan obtenido los resultados previstos [¿cuáles?: acaso no queda bien recogida todas las noches la mierda, acaso el puntito de la I del PIB no es un pequeño punto de mierda: no era eso lo previsto en la cuenta (de resultados). Y también: ¿no estaba previsto que vivieran mejor que en la que era su casa? ¿Que hubiera matrimonios mixtos? ¿Que en dos generaciones alcanzaran la universidad, es decir los campos de fútbol? Rijkaard, Gullit, ¿no estaban previstos? ¿O lo previsto era su delirio de camomila intea, angelitos rubios en veinticuatro horas, que es exactamente el delirio recurrente de los nacionalistas de su clase?].

La pregunta sobre qué está pasando en Holanda ya se la está haciendo todo el país, sumido en un grave desconcierto, y con toda seriedad. En cambio, por aquí diría que seguimos impertérritos pensando que los conflictos xenófobos son resultado casi exclusivo de una pobreza y marginación que las políticas sociales de un frágil Estado de bienestar como el nuestro no pueden atender debidamente. Es decir, creemos que sólo con mejores políticas sociales que favorecieran la igualdad de oportunidades ya se podría asegurar la necesaria cohesión social para garantizar una buena convivencia entre ciudadanos de todos los orígenes. [Los nacionalistas siempre tienen el “nos” en la boca. Hablen de Holanda o de Cataluña. Su capacidad de hacer hablar a los pueblos es asombrosa. No se trata de la mera construcción retórica mediante la que se alza un falso punching ball que ir amoratando a puñetazos. Les sale espontáneo.] Además, aquí se sigue considerando que la multiculturalidad es un buen modelo [quién cree eso: ¿los nacionalistas catalanes cuando hablan, por ejemplo, de la necesaria pluralidad cultural española, del respeto a las culturas y a las lenguas minoritarias del Estado?: ¿o eso sólo lo creían antes de echar a los españoles?] para una sociedad abierta, en la que la apuesta por la diversidad, basada en una permisividad tolerante y en una educación intercultural fuerte, podrá resolver cualquier conflicto futuro. [No hay culturas: sólo hay Cultura, Cardús. Las culturas las inventaron ustedes cuando ya no sabían de qué cul(t)o del mundo prender la identidad. Hay valores. Otra cosa. Pero usted no habla de valores, porque sabe que sus valores son iguales a los de un extremeño (espero que lo crea así, aunque tengo mis dudas). No le conviene un extremeño de aliado. Para encararse con la multiculturalidad se ve capaz de hablar de cultura catalana. Lo de valores catalanes sonaría fuerte y extemporáneo. Pero es que lo único que puede exigirse al inmigrante es respeto a los valores. Entre ellos, a un valor fundamental, clave del mundo moderno: el derecho de cualquiera a elegir su tumba, ya que no pudo elegir su cuna]. Y también es opinión común entre los agentes sociales vinculados a las políticas de inmigración que el racismo y la xenofobia son residuos de antiguas actitudes sociales, actitudes de corte estrictamente ideológico. Es decir, que se trata de prejuicios que podrían ser eliminados con una mejor educación e información. [Ah, ah, ahí asoma la mano peluda ¡El gen peludo! El señor Cardús no sólo insinúa que el racismo forma parte de la naturaleza humana. Podríamos entendernos. Lo que le interesa es que sea inexorable y que ni la educación ni la información puedan nada con él. Nickmoby nada pletórica hacia aquí: “Se descubra lo que se descubra sobre los genes, el ambiente o la interacción entre ambos, esos genes y esos ambientes potencialmente deformantes siempre han estado ahí. El margen si ha sido estrecho lo ha sido desde que el hombre es hombre, y eso no le ha impedido “inventar” la ética, las leyes o el Estado.”]

Pues bien: visto lo que ocurre en la Europa ideal y tranquila de nuestros antiguos sueños [sólo se sueña cerrando los ojos], creo que ya es hora de revisar críticamente tales convencimientos. Y, concretamente, creo que tal crítica podría resumirse en dos interrogantes. Primero: ¿hasta qué punto un Estado de bienestar excesivamente protector y generoso [“excesivamente”: el misterio es “excesivamente”] para con los ciudadanos más desfavorecidos puede acabar creando guetos [la generosidad y la sobreprotección crean guetos: se sobrentiende que en un conjunto social donde abunda la esclavitud: porque un gueto siempre es un enclave] lo bastante confortables como para que éstos renuncien a incorporarse a la sociedad que los acoge [¿pero los acoge o los guetiza, Cardús?], una sociedad que, por otra parte, se muestra dura y competitiva con los que sí son leales a sus valores [o sea una sociedad fantasmal, independiente de sus societarios] pagando por ello cada día más impuestos [el otro rostro de Jano: los asustadizos son ahora probos pagadores de impuestos: vamos y venimos, según conviene. Y sobre todo: ese valiente ha recordado ahora los muchos impuestos que paga.] Y segundo: ¿no será cierto que la cohesión social es menos una cuestión de bienestar económico que de vínculo emocional y de lealtad cultural con la identidad de la comunidad en la que se convive? [Ahí están, estos son, los que aguantan la nación. La identidad, por fin. Basta con observar esta palabrería: “vínculo emocional”, “lealtad cultural”, “la identidad de una comunidad”. Contrastan con la extremada belleza, la semántica perfectamente cohesiva de “bienestar económico”.] Dicho más provocativamente [¡qué hombre terrible!] ¿hasta dónde deben llegar las políticas sociales como para no provocar efectos contrarios a los deseados? [decepción: creí que iba a decirlo en llanito y rancio: cría cuervos] ¿Y hasta qué punto el ideal multicultural tiene una profunda raíz antisocial además de anticomunitaria? [Sí, eso mismo es lo que han pensado y piensan de los ibuprofenos muchos nacionalistas catalanes]

De estos interrogantes se podrían derivar muchas conclusiones. Pero hay una que debería preocupar especialmente a los catalanes. El éxito del discurso de la ciudadanía -la necesidad de reconocer y perseguir [ese verbo, Cardús, ese verbo pierde aceite por los junturas] la igualdad de derechos y deberes entre todos como base de la convivencia- como alternativa al de la identidad -la preocupación por la creación de lazos de lealtad a la comunidad en su conjunto participando en la construcción de un fondo común [una manera cursi pero muy aproximada de definir el fondo del nazismo]- puede acabar teniendo consecuencias tan graves como las que ahora descubren, aturdidos, los holandeses [hay una causa más alta para explicar la muerte de Van Gogh: no es la inmigración: es la democracia, ahora se ve. Como se ve, y más claro que nunca, que la democracia es incompatible con el nacionalismo]]. Algunos creyeron que los debates identitarios eran cosa del pasado, de nostalgias románticas, sin acertar a ver que se trataba de una perspectiva moderna y de futuro, como ya habían señalado de manera inteligente Isaiah Berlin [y una vez más se prueba: lo peor de Berlin son sus lectores], o Joan Francesc Mira [que ha leído a Berlin] cuando nadie se percataba de ello. Más contundentemente aún [¡qué pegada!] la orientación del nacionalismo catalán hegemónico en el final de siglo XX no ha sido, ni es ni será una rémora del pasado, sino una perspectiva de futuro y con futuro [ya está extendiendo el recibo: caixa, cobri!: hasta la prosa se le pone de eslogan]. Europa ya lleva algunos años descubriéndolo y, desgraciadamente, aquí hay quien no se acaba de enterar. Ciudadanía, sí, pero con suficientes señas de identidad. [Democracia, sí, pero nacional: éstas son las inconfundibles señas].

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