27 de noviembre de 2004
Sobre la culpa, ayer en El Mundo. Un estudio en Science concluía que cualquiera habría torturado en Abu Ghraib. “Cualquier individuo normal de 18 años podría haber participado en las torturas”, dice la autora de la investigación, Susan T. Fiske, remontándose a un conocido y multicitado trabajo de los años sesenta, dirigido por Stanley Milgram. Lo llamativo es que entre los muchos ejemplos de la retórica de la obviedad en que incurre el relato de Fiske (según El Mundo) no aparece en ninguna ocasión la palabra miedo, ni tampoco ninguno de sus aproximados sinónimos. Es decir la posibilidad de que el torturador decida trasladar su miedo (miedo a sus superiores, al castigo, a la ausencia de promoción, miedo a la jauría chusquera que lo avergonzará si no ladra con ella) al iraquí cruelmente sometido. Cualquiera podría haber hecho eso. Es evidente, cualquier miserable cobarde lo podría haber hecho. Pero se prefiere esto: “Estaban estresados y en constante peligro, se sentían acosados por los ciudadanos que les habían enviado a salvar a EEUU, veían morir a sus compañeros… Además eran inexpertos, vivían en un ambiente de laxitud en el comando y sabían que no iban a salir en un año de un lugar muy incómodo”. Pobrecillos. Tan incómodos. Y el estrambote. “Son personas normales que por cumplir con la estructura [ajajá, ¡a mí la estructura mes luthiers!] se sienten obligados a torturar o a fusilar”, angelitos, remata la también profesora, y es de Princeton, González de Rivera.
En la página impar, encarado con la reseña de Science y en torno del fotograma más erótico de la historia del cine para niños, un estudio de un profesor Tim Spector sobre la decantación genética de la infidelidad femenina. El gen de la infidelidad, como se resume. Spector es el jefe de la investigación sobre gemelos de un hospital británico y sus investigaciones están hechas con esa materia prima. Extensa. Spector tiene acceso a uno de los registros de gemelos más importantes del mundo y hace ya mucho tiempo que la twinscience dejó de ser inspiración de los chistes del New Yorker. Pero no es lo que me interesa ahora. Mi interés es el comienzo del artículo: “Las mujeres ya tiene excusa oficial: la culpa, al menos en parte, la tienen los genes”. La excusa. No sólo se debe, esa retórica, a lo ligero del tema. A lo ligero… presuntamente: porque la infidelidad ha provocado muchas más tragedias que la tortura. A la otra página. De cabeza. No leo ironías sobre la Gran Excusa. No leo esto: “Los torturadores ya tienen excusa oficial: la culpa, al menos en parte, la tienen las condiciones del reclutamiento”.
El ambiente, a diferencia de la naturaleza, es lo único que le parece serio a la cultura dominante. Lo único que tiene entidad para librarnos de la culpa. El éxito desculpabilizador del ambientalismo puede que esté relacionado, paradójicamente, con la incompleta certidumbre de su dictamen. También su éxito literario: la literatura ama lo ambiguo y el ambigú. (En cuanto al éxito periodístico del ambientalismo no vale la pena insistir. Uno puede desplazarse en todo momento al barrio del psicópata y entrevistar a su madre cuando hace la calle en un paraje de fango postindustrial. Es mucho más fácil que entrevistar a un gen). La sentencia del gen es nítida. Como un verso de Wallace Stevens. No requiere comentarios. Los comentaristas son las grandes estrellas del siglo. Del ambiente del siglo. Es una estúpida visión pensar que la responsabilidad del gen acaba con los problemas morales y prácticos. Acabará con los tediosos y decadentes problemas que el hombre maneja. Pero abrirá otros ahora impensables. Es probable, por ejemplo, que la operación de aislar e identificar un gen conviva de inmediato con la posibilidad de erradicarlo. Es decir: “¿Quiero ser infiel? —se pregunta Emma Bovary, subida al pescante.”
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Y de tal modo brilla nuestro gobierno en la estela de su tiempo que sensible a los avances de la investigación genética ya no exige causas para el divorcio.


