26 de noviembre de 2004

El origen de la prensa moderna está en los hechos, en su descripción objetiva. Los españoles Rafael Mainar, en El arte del periodista (que ahora quiere reeditar Destino con prólogo de Cebrián) o Gaziel, en múltiples artículos e informes, explican muy bien el proceso. La prensa de empresa se desembaraza de la opinión partidista, fragmentada en múltiples partículas, para hacerse negocio. Géraldine Muhlmann, en las primeras páginas de Une histoire politique du journalisme: “Or, cette exigence de la presse “grand public” du XIX siècle de donner des informations vraies, des faits exacts, “objectifs”, est réunir des lecteurs aux opinions probablement divergents sur le sujet, donc pour atteindre au dénominateur commun d’un lectorat de plus en plus large. L’acroissement espectaculaire du lectorat implique ainsi “le triomphe des informations (news) sur l’editorial et des faits sur l’opinion et suscite une allégeance du journaliste a l’idéal d’objectivité”. Se trataba de los tiempos en que los hechos, la objetividad y la verdad no sólo estaban vinculados con la moral sino también con el comercio. Eran negocio. El proceso mediante el cual los hechos han dejado de ser rentables y han sido sustituidos, en la cuenta de resultados, por las opiniones es uno de los asuntos cruciales de la cultura del siglo XX y acaso el único en la historia moderna del periodismo del que valga la pena ocuparse. El negocio de las opiniones florece especialmente en España, porque es un país que ha pasado directamente del analfabetismo funcional al televisivo y donde los hechos, siempre entre dos guerras civiles, han tenido escasa posibilidad moral y económica de apreciarse. Pero ocurre también en otros países europeos y en Estados Unidos, donde el éxito de la cadena Fox debe explicarse también en estos términos, aunque no sean los únicos. Incluso la crítica más popular al periodismo de la objetividad, esto es, que detrás de su aparente compromiso con la verdad, practicaba una gélida pero eficacísima manipulación de los hechos en favor de las opiniones del establishment, debe considerarse secundaria. Porque hoy el negocio opinativo se presenta tal cual, descarnadamente, sin acudir a maquillajes. El santo y seña es la pluralidad. Es decir, el blindado totalitarismo de las opiniones.

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