25 de noviembre de 2004
Los nacionalistas socavan una de las principales ventajas de ser catalán, que es la posibilidad real, fáctica, accesible, de no serlo. Ser catalán es mucho más conveniente que ser eslovaco, lituano o húngaro, gracias a que uno puede ser español. El nacionalismo es un achique de espacios morales, culturales y políticos y uno ha de elevar plegarias para que el espacio donde le encadenen sea lo más ancho posible. Algo que han entendido muy bien suecos u holandeses, que ensancharon su espacio espiritual mucho más allá de sus fronteras físicas. El nacionalismo catalán, revalidado ahora por la izquierda, es decir, ya definitiva y obscenamente nacional, lleva practicando desde la transición esta política natural de los nacionalismos, este achique, en cualquiera de los ámbitos sujetos a su jurisdicción. En la escuela, por ejemplo: la eufemísticamente llamada discriminación positiva en favor de los escritores catalanes ha supuesto una lamentable plusvalía de olleres en perjuicio de galdoses. Y no sólo eso, naturalmente. Porque sabido es que cuando uno empieza asesinando acaba por no ayudar a cruzar la calle a las abuelitas y qué duda cabe que instalados ya de pleno en la discriminación ha sido muy fácil ampliar los límites una pulgada más y discriminar también a aquellos catalanes que, aun siéndolo, no cumplían con el canon nacionalmente correcto. Después de veinte años de aplicación de esta política, y contando, hay que insistir en ello, con el obsceno desvelamiento del tripartito, ya no sorprende la aplicación de la discriminación positiva en los ámbitos más zafios, es decir, el proceso en caída libre de la abyecta discriminación positiva. En fin. Esto es lo que traía ayer al periódico: “La corporación Catalana de Radio y Televisión (CCRTV) aprobó ayer una propuesta en la que se insta a TV-3 y Catalunya Ràdio, emisoras dependientes de la Generalitat de Cataluña, a fomentar la aparición en sus programas de invitados, especialistas y testigos que se expresen en catalán. La iniciativa, impulsada por los consejeros de ERC, recibió el apoyo de los representantes de CiU, ICV y PSC. El consejero del PP en la CCRTV no estaba presente en la reunión”. La nota no lo dice, pero es muy probable que la iniciativa sea de aplicación preferente, por razones obvias, en el llamado horario infantil.
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Leo en El País que el Pacto Antiterrorista suscrito por el partido Popular y el Partido Socialista “comprometía públicamente a los dos grandes partidos a no obtener ‘en ningún caso ventaja o rédito político alguno’ del terrorismo.” El objetivo del párrafo es reprochar al expresidente Aznar que hubiese querido obtener ventaja y rédito político del encuentro entre Antza y Carod en Perpiñán. Pero al margen del reproche, lo cierto es que el párrafo resulta, tal como se transcribe, de un angelismo turbador. Pienso en el 191M, por supuesto. Y en la imposibilidad de que la simple voluntad de un partido político baste para aniquilar las consecuencias objetivas de un hecho. Voy y vengo y acabo en el punto 2 del Pacto Antiterrorista. “La violencia es moralmente aborrecible y radicalmente incompatible con el ejercicio de la acción política democrática. Quienes la practican, quienes atentan contra la vida de aquellos que no piensan como ellos sólo merecen la condena y el desprecio de los partidos políticos democráticos y del conjunto de la sociedad. No existe ningún objetivo político que pueda reclamarse legítimamente en democracia mediante coacciones o asesinatos. El único déficit democrático que sufre la sociedad vasca, el verdadero conflicto, es que aquellos que no creen en la democracia ejercen la violencia terrorista para imponer sus objetivos a la mayoría. Por ello, el PP y el PSOE nos comprometemos a trabajar para que desaparezca cualquier intento de legitimación política directa o indirecta, de la violencia. Por eso, también, afirmamos públicamente que de la violencia terrorista no se extraerá, en ningún caso, ventaja o rédito político alguno.” Parece evidente que el destinatario de esa advertencia no son los que sufren la violencia (los que firman el Pacto) sino los que la promueven o la miran de perfil, y cuyos esfuerzos por recoger las nueces caídas del árbol se estrellará (eso se dice) contra el muro democrático.
Pero así no sirve para el enésimo ajuste de cuentas.




