31 de octubre de 2004
El gobierno de Cataluña va a crear el Memorial Democrático. El País dice que se trata de “un centro público que sistematizará toda la información disponible sobre la resistencia antifranquista, cuyos valores reivindicará”. La información que da cuenta de la iniciativa añade a cada párrafo briosas líneas de adhesión inquebrantable. “Las fuerzas políticas que padecieron amnesia deliberadamente interesada durante la transición están en disposición de recuperar la memoria casi 30 años después”. Por venturoso azar la banalidad de este lugar común se despacha sin contemplaciones en el mismo periódico, unas páginas después. Así empieza Santos Juliá su artículo del domingo: “De las mentiras y falsedades que se cuentan sobre la transición y que han acabado por circular como moneda corriente [está] la de calificar como amnésico un periodo en que no dejó de hablarse y publicarse sobre el pasado”. Por supuesto. Y basta con la revista Interviu, las inolvidables fotos de César Lucas incluidas. Pero todo intento racional, empírico de convencer a los vividores del antifranquismo de esta obviedad colosal tropieza con un dificultad insalvable. No me parece que sea la del mero negocio, aunque es evidente que en cualquier honor anida ese gusano. Se trata de algo más espiritual. Que no tiene que ver con la preservación de la memoria sino con la establecimiento de la ucronía. El objetivo del antifranquismo realmente existente es lograr lo que no lograron los abuelos. Quieren ganar la guerra civil. Y ruego que no se considere esto una metáfora. Quieren ganarla realmente. Deshacer el nudo de la historia y atarlo de nuevo. ¡Nada de metáforas! En este tipo de delirios ha acabado dando el aliento utópico de la izquierda. En esta superstición. En este agujero negro. O fosa, como preferirán llamarlo.


