31 de julio de 2004
De José Saramago, premio Nobel, sólo me preocupa su efecto sobre la juventud.
No que “Toda información es subjetiva y no puede evitarlo. Subjetiva en su origen, en su transmisión y en su recepción”.
Sino el “disparó implacable” de la periodista.
No que “¿Por qué pensamos lo que pensamos? ¿Por qué pienso esto y no lo que se pensaba en el siglo XIX o lo que se pensará en el XXIV”
Tampoco que eso fue lo que preguntara a “un auditorio en el que se encontraban, hipnotizados por igual, el filósofo Emilio Lledó, los escritores Javier Cercas y Jordi Gracia”, cualquiera de ellos idóneo para colaborar en los números de Sara Mago.
Sino la hipnosis de la periodista que, dada la imposibilidad de expresar subjetivamente su estado, recurre, con toda su rebeldía, a la hipnosis por cuenta ajena.
No que “pensamos lo que hay pensar, no podemos pensar fuera de lo pensado. Estamos otra vez en el reino de la subjetividad. Pensamos lo que piensa nuestra época y lo expresamos en su lenguaje. Pensamos la parte de pensamiento común que hemos sido capaces de asimilar”.
Sino que la periodista inicie su crónica diciendo “No se lo puso fácil ayer el premio Nobel de Literatura José Saramago a la tribu periodística”.
Insisto en que los jóvenes deben ser destinados a la escritura de editoriales por la paz del mundo y sólo cuando crezcan deben concentrase en las ruedas de prensa.
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Paráfrasis. Hay una idea extraordinaria en el artículo de Pericay sobre su abuelo. La memoria de las víctimas de la barbarie roja no debe sepultarse con ese léxico. Es la democracia la que debe honrarlas. De ahí la profunda inmoralidad con que el actual gobierno rojo afronta la reparación de la memoria guerracivilista.




