30 de julio de 2004

Póntelo, pónselo.

El éxito de Moore no se basa tan sólo en su atractiva colección de mentiras. Su demagogia está blindada. La demagogia contra la guerra siempre será menor que la demagogia de la guerra.

Las similitudes entre Bush y Moore son manifiestas. Ambos se dirigen al mismo público, a la misma transversalidad analfabeta. Pero es que su humor es también muy parecido. Basta ver los chistes imperiales de Moore sobre Marruecos (país de monos) o Rumanía (país de dráculas).

Una de las condensaciones emocionales de la película es el testimonio de una mujer de Flint, el pueblo de Moore. Al principio la mujer es presentada como un exponente del militarismo americano: hijos, maridos, hermanos, padres, tío en el Ejército. En ese momento de la película sus opiniones son las que puede esperarse. A esa mujer le matan un hijo en Bagdad y entonces su actitud, lógicamente, cambia. Su historia y una pantomima parcialmente fracasada frente al Congreso de Estados Unidos le permite a Moore subrayar una obviedad: la actitud ante la guerra está directamente relacionada con el hecho de que uno, o uno de los tuyos, tenga que ir. Tengo una duda técnica sobre esta narración. ¿La construyó Moore después de saber que a la mujer le habían matado un hijo? ¿O la fue construyendo en la misma secuencia cronológica que la película muestra? Porque que la mujer se mostrara como se muestra al principio de la película después de que realmente hubieran matado a su hijo sería una noticia destructiva. Para el artefacto de Moore, claro.

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