28 de junio de 2004
El trece de marzo, a medianoche, volvía de cenar. Entré en el coche y puse la radio. La cadena Ser. Unas voces muy poco tranquilizadoras se dirigían a los manifestantes y les decían que quizá fuese hora de regresar a casa. Al mismo tiempo manoseaban la idea de que el gobierno pudiera suspender las elecciones. Más que manosearla ahora, se notaba que lo habían hecho minutos antes. Ahora la idea empezaba a descartarse. Pero aún jadeaba el grave peligro. Ningún hecho aguantaba esa idea. Esa idea sólo la aguantaba el todo Madrid comenta. Nada. Caspa. La caspa que jamás debe llegar a los lugares higienizados. Y que, sin embargo, ahí estaba, en esa medianoche, en la primera emisora de España.
Ha caído la niebla sobre el lago, pero no me joderá. Escucho en diferido el editorial de la Ser de aquella noche. Con el que cerraron. El editorial se llama Historia de una manipulación. Quiere acabar con una gran solemnidad. Sintaxis imperial. Quiso ser chateaubriand y acabó en culatín: “La cadena Ser no ha mentido. El presidente Aznar sabrá si lo ha hecho” ¿Quién es el que lo ha hecho? ¡Quién ha sido?
El trece de marzo sólo sucedió algo excepcional en la Ser. Por lo demás, el mundo sigue andando. Las televisiones públicas españolas aplicaban la doctrina Caffarel avant la lettre. La doctrina Caffarel es hazlo un poco sexy. Con las urnas en la mano. Los resultados de la manipulación fueron muy diversos, según se tratara de las televisiones públicas en Madrid, Valencia, Barcelona, Sevilla o Bilbao. El gobierno trataba desesperadamente de obtener un éxito policial que le aliviara electoralmente de la inmensa tragedia y que le devolviera la confianza de los ciudadanos. Lo obtuvo a última hora, pocas horas antes de la apertura de los colegios electorales. Un éxito incierto: los islamistas que detuvo entonces están hoy en la calle. Por lo demás, el gobierno se había negado hasta última hora a abandonar la hipótesis etarra. Torpemente se aferraba al deseo electoral y, quizá, asimismo, en la suposición más bondadosa, trataba de evitar la hipotética trampa de una Eta descontrolada en sus residuos. Los jóvenes, en noche de sábado, repetían la algaradas de la guerra contra el PP. Pocos, ilegales e ilegítimos alentados desde las ventanas por las damas de la revolución que zurraban el culo de su la olla a presión o de su thermomix, incluso. Rajoy se unió eficazmente a su protesta.
Es decir, nada. Nada. Poco más de un simulacro de nada si se tiene en cuenta que habían matado a doscientas personas, ¡dos días antes! Que el gobierno investigaba la línea tradicional del terrorismo español y la aportada por nuevos indicios que en ningún caso ocultó y que ni siquiera adaptó (imposible hacerlo en el imperio del tiempo mediático, de la fast truth trituradora) a sus necesidades de horario.
La Ser hizo su trabajo periodístico. Informó de las concentraciones ante las sedes populares. Informó de las detenciones. No hurtó las apariciones de Rajoy, Zaplana, Rubalcaba ni de nadie relevante. Y no mintió poniendo el Cni al 99%. Cualquier periodista sabe que aquello no era una información (cualquier periodista: no el pobre director del Cni) y que por lo tanto no era susceptible de someterse a los criterios convencionales de falsedad o veracidad. Pero la radio es también, en cualquiera de sus fórmulas, un teatro. No es un texto. Es una representación. Y entre la media tarde y la medianoche del sábado allí se representó el drama de un estado de excepción. Con un guión donde sobresalían la mentira gubernamental, la ocupación espontánea (es decir, completamente insurgente) de las calles por parte de las masas y la hipotética interrupción del proceso democrático.
Sin embargo, lo que en el fondo se representó durante aquellas horas, con su éxito habitual y terrible, con su profundidad de tonos y cadencias, de asociaciones y presagios, con su presencia a lo largo, fue una nueva versión (¡por fin en sms!) del drama civil de España. Tengo dudas de que ese drama hiera todavía. Pero ninguna de lo mucho que vende. El topos del desgarro civil está a años luz, en España, del de la amenaza exterior. En la política, la lírica y el comercio. Así fue como nada más estallar las bombas desenfundaron la calculadora. El negocio es el negocio. Al negocio le basta y sobra con nuestro odio.




