27 de junio de 2004

Los franceses comen, beben, se dedican copiosamente a los placeres del amor y hacen películas habladas (el resto sigue en el cine mudo), donde explican lo que hacen y cómo lo hacen. Ahora mismo está pasando, lo estoy viendo, en los muelles. Cierro el balcón. El viento es tan dulce que parece de Givenchy y la felicidad me marea. Cada cual a su ser. Ya ha hablado Zaplana, triste y negro como un greco. Observo que en la tertulia se muestran pesimistas. Las detenciones y la casi segura filiación islámica de los atentados no creen que vaya a perjudicar decisivamente al PP. La tesis dominante es la de Gallup: cuando los americanos temen, votan a los republicanos; y cuando desean, a los demócratas. La tesis general es que en una situación de crisis se vota al gobierno. Por eso insisten en que debe votarse sin miedo, relajados, dicen.

De tanto en tanto se desencandenan violentos ademanes. Es intolerable. La inesperada emisión de Asesinato en febrero en la cadena pública, una película sobre el terrorismo. ¡Intolerable, intolerable! En directo ya daban risa esos ademanes. Los que gesticulan pertenecen a esa generación semiótica, la mía por ejemplo, a la que le explicaban cómo, durante la proyección de una película, se mostraba decenas de veces un plano con un cartel de Coca-cola. Pero tan rápido que el ojo no lo veía. No lo veía el ojo, pero lo veía el corazón. Así que uno salía del cine, y mimetizando todavía los andares del héroe, entraba en el bar y pedía Coca-cola. Lo más divertido es que los que programan Asesinato en febrero deben de ser también de la generación semiótica.

A la una de la madrugada se produce la gran revelación. Ha sido a propósito de un nuevo huracán, una cinta de vídeo que Acebes se olvidó de declarar, intolerable. Si el gobierno hubiese ocultado información, dosificado información con fines… dice un tertuliano. Ahí está la clave. No han podido deshacerse del condicional. Y ni siquiera fue porque el gobierno decidiera cumplir con su deber. Es que no hubo tiempo de dosificar la información. Algún día el período entre el once y el catorce de marzo será estudiado como el máximo ejemplo contemporáneo de cristalización del tiempo mediático. Una nueva dimensión. Pero la gran novedad es que la Ser lo sabía. Eso está diciendo Carlos Llamas. No ha podido más. A la una de la madrugada, rotos ya todos los diques, evocando el sentido de la responsabilidad que el gobierno parece negarles, Carlos Llamas declara que la Ser sabía desde primeras horas de la tarde que la policía había detenido a cinco islamistas. Y que no lo reveló por sentido del Estado. El programa está en su recta final y me temo que no va a haber tiempo. Pero si hay tiempo estoy seguro de que acabaremos escuchando que la Ser lo sabía. Antes de que se produjeran. Las detenciones.

Aún queda un rato grabado. Mañana. Una barcaza ilumina el dédalo de los criaderos. Inicio, apagar. Ni un sólo adjetivo. En todas las horas. Alimañas, criminales, bestias, asesinos sin escrúpulos. Ni uno solo. Me acuerdo que lo pensé cuando hablaban de los detenidos y los llamaron las cinco presuntas personas. Nada de sutilezas. Un error simpático. Simpático quiere decir producto de otro hecho constatable, que es el de no haberles llamado, tampoco, terroristas. Al menos no demasiado. Para comprender esto de los adjetivos sólo hay que pensar en Eta. Si hubiese sido Eta. Todas las estupideces que se dicen y se dirán sobre Al Qaeda y su estructura fantasmal. Su inaprehensibilidad. ¿Cómo colgar adjetivos del aire? ¡Ah, se trata de eso! Si es viejo. ¡Si Alá no tiene rostro, ni conjetura adjetival!

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