7 de junio de 2004
La prensa socialdemócrata trata con un gran sequedad el aniversario de Normandía. Es raro. Una ocasión infográfica inmejorable. Desde la transición política no ha habido estupidez mayor que esa presunta oposición, provinciana, mera política de barriada, entre Estados Unidos y Europa que ahora sanciona el candidato Borrell (“Volvemos a Europa”) en su cartel electoral. Hasta París sabe que Nueva York es la capital de Europa. Por cierto: no del mundo. De Europa. La Europa de De Gaulle, desde los Urales al Atlántico (bien entrado el Atlántico). Pero es que además de la libertad y el dinero están, para completar el vínculo, los muertos. La izquierda española no comprende Normandía. No tiene la menor idea de lo que pesan las lápidas en memoria de los muertos de la primera y la segunda guerra diseminados por los pueblos de Francia. Es natural. España no tuvo su Normandía. ¿A qué país de Europa tiene algo que agradecer la última historia de España? ¿A la Alemania de Guernica? ¿A la Italia de españolita no te enamores deja que vuelvan los bravos españoles? ¿A la Rusia de Orlov? ¿A la Gran Bretaña del Daily Mail? ¿A los dulces campos de concentración franceses, tan supremamente descritos por Carlos Fontseré? ¿A la guerra preventiva de Eisenhower, abrazándose con Franco ante la presencia satisfecha del listísimo Vernon Walters? Y ayer mismo. ¿Al trato de Giscard en las negociaciones para la entrada en el Mercado Común o en la lucha contra los etarras? ¿A las palabras de Alexander Haig el 24-F, asunto interno?
No hay ningún país de Europa con ese historial. No. Francia, Gran Bretaña, Chequia, Grecia, Polonia. Alemania. Cualquiera de esos países tienen sus normandías cruzados, su depósito sentimental, su temblor común ante una playa. La melancolía española, ese sentimiento que Gerald Brenan descifró tan bien: “Los españoles tienen un secreto depósito de melancolía que ni los afectos familiares ni las ansias de placer pueden secar por completo”. El origen de la melancolía está en la imposibilidad de agradecer nada a nadie. En esta completa libertad que los españoles han tenido para descuartizarse unos a otros. Esto, y no otra cosa, es el aislamiento español. Mísero país. Por si fuera poco la historia o el ayer, he aquí el presente. Ni siquiera en marzo, cuando mataron a ciento noventa, pudimos recoger plenamente la solidaridad y el consuelo del mundo. Estábamos demasiado ocupados trabajando en la sala de despiece. El único país al que habrán matado su gente y las víctimas, reprochándose unas a otras las causas, aún no han sido capaces de gritar asesinos a todos los efectos. No hay Normandías. La política exterior española siempre es un asunto interno.
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José María Albert. Un escritor. ¡Viva Cataluña, que es capaz de producir hombres así! Su dietario Libre Directo, lleno de orgullo. ¿Dónde va a esconderse ahora ese ñoño periodismo catalán de dibujos animados, esos jovencitos temerosos de dios, esa senylidad imperante? Una observación muy fina, en su libro, sobre el viejo periodismo: “Aquel tiempo en que la función primordial del periodismo era espolear la curiosidad del ciudadano, inmiscuirlo en el ámbito del conocimiento”.




