6 de junio de 2004
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Paul Auster acaba de recibir el premio de los libreros de Madrid. Es uno de los novelistas más importantes de nuestro tiempo. Un escritor que lo dice todo cinco minutos después que el resto de los hombres. El original de innumerables fotocopias locales, que circulan desde Bombay hasta la Travesera de Dalt barcelonesa y un claro exponente de las razones múltiples por las que un hombre no debe leer novelas. Hoy lo entrevista Alfonso Armada en Abc. Una entrevista muy costosa, trabajada durante muchos años de persecución de una sombra, como el propio Armada dice. He aquí, por fin, la sombra completamente iluminada.
—¿Es el azar una necesidad?
—El azar es un hecho [hecho],es una fuerza [fuerza], es una parte inequívoca [inequívoca] del tejido de la realidad [textil].
—¿Es la escritura un azar, una necesidad? [Hay problemas. Se esperaba una respuesta positiva a la hipótesis de que el azar fuera una necesidad, y se esperaba completar la tríada, azar, necesidad, escritura. De ahí la coma entre azar y necesidad. Pero Auster se ha salido por la tangente textil. Dado, sin embrgo, que la pregunta estaba hecha hay que hacerla].
—La escritura, al menos para mí, es más una necesidad, no tiene nada de accidental. [La oposición entre necesidad y accidentalidad. No todo lo necesario sucede, aunque está la excepción de Paul Auster].
—¿Es la escritura para usted un riesgo o tan sólo la única esperanza de encontrar sentido a todo esto? [“A todo esto”: ese aire descangayado de la metafísica: esos aritos de humo de “Smoke”. A todo esto, ché. El riesgo de la escritura. El riesgo. El riego. El riego sanguíneo. El himno].
—Por supuesto que la escritura es un riesgo porque siempre tratas de explorar mundos que no comprendes, y cuando no comprendes algo a menudo te pierdes. [Por supuesto que es un riesgo. Paul Auster es un riesgo].
—¿Y tiene miedo de perderse[, pequeñín]?
—No, no tengo miedo de perderme, a veces es muy excitante estar perdido, pero si el extravío se prolonga demasiado puede resultar deprimente. [Un duro de bosque].
—¿Es duro [¿ven?] ser Paul Auster [muy duro, joío] o, en otras palabras, intenta enmascarar su verdadero yo escribiendo acerca de otros? [como desde Homero].
—No, no lo creo. He escrito dos tipos de libros. He escrito obras autobiográficas, en las que he tratado de mí mismo de forma bastante directa, y he escrito novelas en las que todo, o casi todo, es imaginario. Pero creo que incluso cuando escribes acerca de otros también muestras aspectos de ti mismo, facetas profundas, las que están más allá de tu alcance, lo que no acabas de comprender del todo. [La primera condición para ser Paul Auster es ser inacabado]. A menudo tengo la sensación, cuando escribo una novela, de que me estoy convirtiendo en otra persona, casi en el sentido en el que un actor se convierte en otro: prestas tu carne a ese otro ser para expresar algo acerca de la existencia. Pero al final el único material con el que cuentas eres tú mismo, así que incluso aunque sea imaginario acaba siendo real [ya tardaba en aparecer The Twilight Zone].
—¿Entonces se puede decir que escribir es una forma de actuación?
—Sí, a veces así lo siento, sobre todo cuando empleas la primera persona: uno se convierte en otro, es casi como si tuvieras una máscara pegada a tu cara. Por esa razón cada una de mis novelas tienen un tono [noto tono] diferente, porque cada personaje principal es diferente de todos los demás. De forma casi inconsciente, en cada libro, con cada uno de ellos, he comenzado a pensar y a hablar y a escribir como si fuera otra persona.
—¿Qué clase de libro está tratando de escribir con sus libros, o dicho de otra manera, qué está tratando de decir cuando escribe con sus piernas caminando por las calles de Nueva York? [Genial Armada: he ahí el periodista que no cede a la obvia admiración que siente por su hombre: aunque sea entre líneas. Con las piernas, dice que escribe, sin que el incauto Auster alcance a verse los pies].
—¿Se refiere al pasaje de «Fantasmas»? [¿Al pasaje?] Bueno, nunca he tenido la impresión de estar haciéndolo yo mismo. [Claro que no. El novelista es un médium y como cualquier tonto alardea de ello]. Pero sí puedo decir que escribir para mí es un proceso absolutamente físico. Tiene mucho que ver con el cuerpo, tanto que ver con el cuerpo como con la mente [que para cualquier demediado no es lo mismo]. Porque creo que el significado, o el sentido, como quiera que le llames [oh, como quiera que le llames], lo que emerge de la lengua tiene que ver con la música, la música del lenguaje, del ritmo del lenguaje. Y siento que caminar ayuda a encontrar ese ritmo. Incluso cuando no estoy fuera, trabajando en mi cuarto, solo, me levanto de mi mesa y camino con frecuencia, incluso a veces casi después de cada frase, cada dos frases [y se vuelve a sentar]. Hay un hermoso pasaje en «Hablando de Dante», el ensayo de Ossip Mandelstam, que incluye una observación increíble [¡Preparados..........:!]. Se pregunta por cuántos pares de sandalias habrá gastado Dante durante la escritura de «La divina comedia». Mandelstam entendió precisamente eso, que el paso es parte del ritmo de la respiración, y que el ritmo de la respiración y del movimiento tiene mucho que ver con el habla, que por su parte es algo estrechamente vinculado a la escritura. [paso, parte, ritmo, habla: swing]
—¿Cree, como Roland Barthes, que la ciudad es como un texto que hay que recorrer?
—A veces [a veces, tan sólo a veces, el cantor tiene razóooooon] tengo esa sensación, otras siento que no es más que caos. Algo muy interesante que uno aprende a medida que envejece es cuántos sentimientos contradictorios tienes acerca de muchas cosas [Oh]. La mayoría de las grandes cuestiones filosóficas siguen para mí todavía abiertas [Oh, Oh], y cambio de manera de pensar acerca de muchos temas de forma frecuente, o albergo [bed and breakfast] impresiones contradictorias de forma simultánea. [¡y simultánea!]
—¿Qué es Nueva York para usted?
—Nueva York para mí es una burbuja, un experimento humano milagroso. No sé de otro lugar parecido en el mundo, yo desde luego no lo he visto. Es un experimento porque el mundo entero está aquí, y creo que es una ciudad para todo el mundo. No creo que algo semejante haya ocurrido antes, por lo menos no a esta escala, y cuando piensas cuántas nacionalidades y religiones y razas diferentes conviven aquí, gente que procede de todos los rincones del mundo… El hecho de que en Nueva York no nos estemos matando unos a otros a cada paso es una especie de milagro. Yo sé que hay violencias terribles aquí, racismo, odio, todo tipo de sucias actividades humanas. Pero, más o menos, en el plano general, la ciudad parece funcionar bastante bien, en comparación con Belfast, Sarajevo o Jerusalén… y esto te hace pensar que cabe la posibilidad de que gente completamente diferente pueda vivir junta con cierto grado de armonía. [mal, muy mal: el novelista no puede completar una idea porque sucede esto: idea banal]
—Algunos de sus personajes sueñan con la mujer ideal y su país ha hecho mucho por fabricar en la factoría de Hollywood a la mujer soñada. Parece que usted ha encontrado a la mujer de sus sueños bajo la piel de una mujer real, ¿pero qué piensa de la factoría de sueños en cuanto a la realidad y a las mujeres? ¿Es el cine la sala oscura con un haz, el veneno o la sal de la vida?
—En «Lulú en el puente», la película que hice hace unos años, traté de explorar el sentido de esa pregunta. Lulú misma es uno de los personajes femeninos más atrayentes de la historia de la literatura porque ella es la figura en la que los hombres proyectan sus deseos. Ella no provoca nada, es neutral, y sin embargo hace algo que vuelve locos a los hombres. Y creo que en cierto sentido eso es algo que las películas provocan, nos ofrecen esas mujeres de ensueño, se convierten en parte de las más profundas fantasías de la mente del hombre. Es un fenómeno muy extraño. Y cuando le agregas el hecho de que tiendes a ver las películas en la oscuridad acaban adquiriendo la cualidad de sueño, como si estuvieras soñando dentro de un mundo imaginario [Hummmm.... con tirabuzón]. Es una experiencia fascinante. [E insólita. Y rara. De una rareza violenta. De una perturbadora novedad].
—Le gusta dejar historias abiertas, caminos inexplorados, razones inexplicadas. [Y qué va hacer el pobre. Ya viste qué pasa cuando completa] ¿Es una forma de conciliarse con la imperfección y absurdo de la realidad? [Es lo irreal lo perfecto y razonable]
—Algunas de mis historias quedan abiertas al final, otras se cierran. Depende de lo que la historia me indique que tengo que hacer. Siento que sólo puedo hacer caso de mis instintos. No puedo racionalizar lo que hago. Mi trabajo, mi ficción parece que viene de una parte inaccesible de mi subconsciente, y las historias se me imponen. Las transcribo, más que crearlas. Hay historias que al final no terminan, sencillamente cambian de registro, o se detienen antes del fin, como ocurre en «La música del azar», que se para justo cuando algo va a ocurrir, pero no sabemos qué: puede ser la muerte para Nashe, el protagonista, o quizás no. No hay nada cierto. Lo que traté de hacer fue mostrar que él llegó a un punto en su vida, un grado trascendental de aceptación de la realidad en el que está dispuesto a experimentar cualquier cosa que pueda ocurrir, está preparado para todo, sea la vida o la muerte. Otros libros tienen un final más rotundo, un cierre. Mi último libro, «Oracle night», que todavía no ha sido traducido en España, tiene un final definitivo. Incluso «El libro de las ilusiones» también lo tiene, aunque en las últimas páginas el narrador, David Zimmer, especule sobre la posibilidad de que las películas de Hector Mann todavía existan en alguna parte. Deja en el aire esa incertidumbre, aunque con cierto grado de esperanza. El libro, de hecho, termina con la frase «Vivo con esa esperanza». Creo que de alguna manera existe una especie de final. [Y no llega. Y no llega].
—¿Tiene un plan cuando escribe? ¿Tiene un plan para su vida?
—No tengo un plan para mi vida, puedo asegurárselo. La vida tiende a ser una larga serie de improvisaciones. Respecto a la escritura [mi plan de pensiones], necesitas tener una cierta idea de lo que intentas hacer. Yo no me siento simplemente y empiezo a escribir sin haber pensado algo durante mucho tiempo, casi siempre durante años. Cada una de las novelas que he escrito han sido el producto de muchos años de darle vueltas en la cabeza, y lenta, lenta, lentamente se hacen con un sitio dentro de mí. Cuando estoy listo para escribir el libro hace tanto tiempo que vivo con los personajes y con la historia que son algo absolutamente íntimo para mí. Al mismo tiempo, tienes esa idea de lo que el libro va a ser, comienzas a escribirlo y las cosas comienzan a cambiar, de tal forma que cada día haces descubrimientos inesperados y al mismo tiempo abandonando ideas previas que pensabas que eran buenas y al final no lo eran tanto. Escribir concilia improvisación y descubrimiento, pero también contiene el sentido de cómo quieres que suene, y el sonido es lo que me arrastra, es de nuevo el ritmo, es la música, es el tono [noto tono] lo que te lleva.
—¿Juega con sus lectores o trata de ser honesto consigo mismo cuando escribe?
—No, trato de ser muy honesto, no me gusta jugar en absoluto. Alguna gente piensa que soy muy inteligente [sí, así es] y estoy practicando cierto juego literario posmoderno [no, por dios, eso no], pero no lo soy [claro que no]. Soy muy directo [mucho], y trato de hacer lo mejor que puedo para explorar [aventurero, coño, aventurero] la realidad tal como la comprendo. Para diferentes historias empleas medios diferentes [claro que sí: broca del ocho]. Cada historia determina su propia forma. Pero no, no juego, trato de hablar al lector de una forma humana y directa.
—¿Es «La invención de la soledad» lo más cerca que jamás ha estado de su verdadera alma, una incursión en sus verdaderas raíces, o acaso una nueva ronda de máscaras en torno a su piel? [Toma y toma].
—No sé cómo llamarla, [yo tampoco] no se trata de una autobiografía, pero supongo que podría considerarse una especie de meditación acerca de muchas cosas. La primera parte tiene que ver con mi padre, sobre el que no había escrito hasta que murió. Se trata de una indagación en torno a una pregunta: ¿qué sabemos acerca de otra persona, es posible entender a otra persona, y cómo manejamos eso, especialmente si esa persona se niega a desvelar nada acerca de sí mismo? Ese era yo hablando, no como un personaje de ficción, sino el verdadero Paul Auster de carne y hueso que escribió el libro, y todo en él es una expresión directa de lo que siento y de lo que pienso, y el lenguaje es mi lenguaje, mientras que en muchas novelas el lenguaje pertenece a los personajes.
—¿Espera una suerte de [una suerte de] salvación personal mediante la escritura?
—No, creo que la escritura es una especie de enfermedad. Quedas como infectado por este virus, que suele ocurrir cuando eres todavía joven, y una vez que resultas inoculado nunca te puedes curar, en cuanto te contaminas de literatura eres para siempre una víctima de ese mal. [Cierto: no hay tratamiento]. Escribes porque tienes que escribir, pero no te proporciona una salvación, al contrario, te lleva a hacerte más y más preguntas, a plantearte continuamente más dificultades y problemas.
—La pregunta empieza a ser vieja y común como el polvo, pero después de aquel 11 de aquel septiembre, ¿empezó en Nueva York una nueva glaciación, una nueva era?
—Creo que el mundo entero inició una nueva era. Es imposible no sentirlo así. Cuando contemplas todos los acontecimientos que han tenido lugar desde aquel día y comparas dónde estamos hoy, junio de 2004, y dónde estábamos en agosto de 2001, el mundo no se parece en absoluto a lo que era, cada una de sus partes me parece del todo diferente y las siento completamente diferentes.
[[[[[[[[[[[[—¿Quién es Paul Auster?
—Paul Auster es un enigma, incluso para mí mismo. No comprendo del todo quién soy. Me sorprendo a mí mismo tan a menudo que he dejado de tener una idea de quién soy. Paul Auster es un proyecto en marcha.]]]]]]]]]]]


