29 de mayo de 2004

Lo segundo que debería hacer Amnistía Internacional es ocuparse de las palabras. Con gran desparpajo el director de la sección española instruye hoy al periodismo y al pueblo sobre las diferencias entre homicidios ilegítimos y ejecuciones extrajudiciales. “Una ejecución extrajudicial es el tiro en la nunca de un agente de la seguridad a propósito, queriendo matar a una persona. En el homicidio no hay intencionalidad”. Es puramente extraordinario. El adjetivo ilegítimo. Amnistía no juzga la legalidad, sino la legitimidad: que, como todo el mundo sabe, es mucho más fácil de juzgar. El uso de la violencia en legítima defensa (seguro origen de ese extravagante homicidio ilegítimo) es legal. Con ese adjetivo debiera bastarles. Pero siempre es mucho menos comprometido dictar sentencia desde la vaporosa legitimidad. Ejecución extrajudicial es un aparatoso oxímoron, que prueba la violencia de los pactos con la realidad de Amnistía. Asesinato. Pero lo definitivo es que en el homicidio no quepa la intencionalidad, según Amnistía. La diferencia entre asesinato y homicidio no es la intencionalidad sino la premeditación. Por eso hay homicidios voluntarios e involuntarios. Todos estos problemas semánticos, es decir, morales, tienen solución, preguntando a la víctima. Da siempre con la palabra.

La víctima y las palabras. El miércoles mataron a un niño de tres años en el aeropuerto de Barcelona. Sus padres cruzaban con él por el paso de peatones y un coche los embistió. Los periódicos titularon como siempre: Muere, atropellado, un niño… La sociedad y el periodismo están muy preocupados por los accidentes de tráfico. Con motivo. Se arrastra una despreocupación de décadas, premoderna, religiosa, que en el fondo cree que sin intención no hay acción. El fatum. Mata a un niño, atropellándolo… Preguntar al niño.

“El público debería castigar el amarillismo” (Antonio, franco)

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