25 de mayo de 2004
Juan Bonilla, a quien da gusto leer por limpio, ha escrito el prólogo de la edición joya de A sangre y fuego que conmemora la Feria del Libro Antiguo de Madrid. A Sangre y Fuego, de Manuel Chaves Nogales, es el mejor libro que se ha escrito sobre la guerra civil española y lo es, entre otras cosas, por pertenecer su autor a la categoría de escritores que no se esconden ni esconden los hechos detrás de sí mismos, como dice Bonilla. Chaves lo pudo todo, siempre, menos morir de viejo y por eso ha dejado una obra periodística inmensa. Una obra que dicta lecciones cada día. Hoy le toca a Norberto Fuentes, el dulce guerrero cubano, que al parecer ha escrito una fábula sobre Castro. Dice Fuentes en El País: “El libro es una burla a la academia americana que cree en las biografías con pies de página. La verdad de los hechos contemporáneos no está en los papeles. Las revoluciones queman los papeles y en Cuba no quedará nada que comprometa a Castro. Los huesos de los muertos están en el mar”. La academia de Fuentes es el submarinismo, bien se sabe. Allá va, hasta el fondo, con su imaginación poética, a leer en los huesos. Sin carbono catorce. Le basta, para esconderse y esconder a Castro, con las sombras que proyecta el carburo pelmazo (pleonasmo) de sus metáforas. Raúl Rivero. Otra imaginación poética. Los versos que leyó el otro día en Cádiz, Manuel Díaz, recogiendo para su colega y amigo el premio Merello:
Por qué, Adelaida, me tengo que morir
en esta selva
donde yo mismo alimenté
las fieras
donde puedo escuchar hasta mi voz
en el horrendo concierto de la calle.
Estos versos con pie de página. La imaginación poética que descubre y no encubre.
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Explicaba Ali Lmrabet, el otro premiado del Merello, uno de sus últimos y terribles ultrajes al Rey de Marruecos: “Cuando su majestad viaja de una región a otra del país, lo hace en un tren que pasa por muchas estaciones. En cada una de ellas hay gente que espera el paso del tren para hacer una profunda reverencia. En un número de la revista nos preguntamos públicamente qué podía hacer la gente, ante semejante circunstancia, cuando tenía problemas de lumbago y espalda. ¡Ultraje al Rey!, nos dijeron. ¡Cuando sólo queríamos salvar unas cuantas espaldas!”




