24 de abril de 2004
De la entrevista publicada en El Mundo entre el presidente del Gobierno y el director del diario lo más interesante es este fragmento del prólogo: Se dirige Zapatero a su interlocutor: “Reconocerás que esto sí que es todo un síntoma del cambio: que llegue al poder un primer ministro del Partido Socialista y la primera entrevista se la conceda al director de El Mundo.” En el mismo sentido, aunque ya sin la plusvalía de la novedad, destaca la cita para el periodista Jiménez Losantos. La semana que viene. Conceder una entrevista, escribe Pedro J. Ramírez. ¿Quién concede? Es fama que Aznar gobernó ocho años sin que lo entrevistaran en la cadena Ser o en el diario El País. Creo que Aznar entendía muy bien el mecanismo. Sabía que las entrevistas las conceden los periódicos. Y desdeñó el favor más alto con su frío orgullo de Valladolid. Los políticos sólo conceden entrevistas a la revista del colegio de sus hijos. Y aún depende del colegio. No parece que sea el caso de El Mundo. Pedro J. Ramírez debiera haberse rebelado. Con respeto, pero rebelado: “¿Conceder, presidente…? ¿Acaso habrías utilizado este verbo con el director de El País?” En los asuntos políticos el beneficio fundamental de cualquier entrevista lo obtiene el entrevistado. Le conviene ir, incluso, a los lugares más peligrosos: siempre sacará algún beneficio. Y tampoco conviene exagerar el riesgo: los peores problemas de una entrevista los pone siempre alguien en que el entrevistado confiaba. Al benéfico efecto de la expansión del mensaje en públicos refractarios o dudosos se añade otra virtud: la presencia frecuente de un entrevistado en los medios hostiles disminuye la hostilidad global de esos medios para con él: es mucho más fácil insultar a un fantasma (o a un muñeco de guiñol) desde un estudio de radio que a alguien con quien se hablará o se ha hablado. Si el político es el principal beneficiado de las entrevistas, también se sabe quién es el perjudicado principal. El que más concede. El lector, mon semblable, casi siempre atragantado ante la exuberancia tipográfica y el calado de unas entrevistas tan y tan fuerte pregonadas.
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El calado: “Haré una democracia ejemplar”, dijo Zapatero en la portada. Las personas del verbo. Imagínese del autócrata que dijera: “Haremos una dictadura ejemplar”.




