31 de marzo de 2004
Todas las páginas de los periodicos inundadas de psicólogos. Todos los días. Gran parte de la fascinación que despierta el oficio estriba en que todos los gentiles creen necesitar uno. El periódico es el lugar los hechos. Astrología, meteorología y psicología al margen. Ayer el profesor Alonso-Fernández. Parece que ha escrito un libro sobre la psicología de los terroristas. Sus conclusiones son perturbadoras. Me llama la atención ésta: “El artista nace y los terroristas se hacen”. Debe de provenir de la evidencia de que a igualdad de estímulos los resultados son distintos. Pero si es así me extraña que el profesor Alonso-Fernández no haya detectado los salieris de la goma 2 que, cercados por la miseria y cultivados por el más riguroso de los odios, se afanan en llegar sin éxito.
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“Que la verdad se extraiga de la historia o de la ficción carece de importancia porque el ejemplo se aduce no en virtud de su propia entidad, sino por su significado”. Tienen razón Bill Kovach y Tom Rosenstiel al atribuir la posibilidad de esta frase a un teórico posmoderno o a un productor de Hollywood, aunque sea, como dicen que es, un ejemplo de lógica medieval. Del siglo XIV, exactamente. No creo que se haya definido mejor lo que NO es el periodismo.
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Superados con gran elegancia los sesenta años, cargado con sus saberes múltiples, un cuaderno y un sobrio objetivo del 28, nunca más tarde de las nueve y siguiendo siempre un itinerario decidido, el cronista Permanyer dedicó las mañanas del último invierno (en invierno: cuando los árboles deshojados facilitan la misión), a la elaboración del libro La Barcelona lletja (fea). A la edad en que otros, la mayoría, se disputan sopitas, buen vino, jubilosas conferencias, consejos deontológicos, o la redacción de la Crónica de cualquier patriotismo parafílico (pleonasmo) o en que, por fin libres del dogal de la realidad, se disponen a escribir la novela soñada (escribiendo como sueñan), Permanyer, bigotazo ochocentista y republicano del Ensanche, tantas veces glosador de la belleza urbana y su recóndita armonía, sale a la calle para contar el relato de lo feo, para pintar el mejor grafiti (hummm… no tiene un pelo de tonto y trabaja con las armas de su enemigo) que se haya escrito sobre el muro desconchado de Barcelona (sinécodque).
Algunos de los capítulos. Dictaduras que subsisten, Malditas refrigeraciones, Puertas indignas, Chaflanes cúbicos y ciegos, La solución vertical, Black is beautiful, Feas, Las más feas, quizá. Latigazos de poesía concreta. Tomó tres decisiones. Desdeñar aquellas zonas de la ciudad donde la fealdad no existe, como no existe el blanco sobre el blanco. Considerar, con una grandeza inhabitual en la época, que lo feo es una categoría objetivable. Negarse al ufano tratamiento de la basura como artefacto kitsch: demasiado alto para enmerdarse.
La Oda Nueva a Barcelona.




