30 de marzo de 2004
¿En qué pienso cuando leo a Eça de Queirós y sus deliciosos Ecos de París?
“Se produce una tremenda explosión, una nube de polvo y de astillas, gritos, todo el tropel y la confusión de una catástrofe. Mas una gran voz resuena, una voz de mando, serena y casi risueña. Es Martínez Campos, de pie, cubierto de sangre, que grita con la mano en alto: ¡¡”No es nada, no es nada!!” Su caballo yacía despedazado en un charco de sangre. Alrededor, en el suelo socavado por la bomba, hay unos cuantos oficiales y paisanos caídos, muertos o terriblemente heridos y gimientes. El mariscal tiene el uniforme lleno de agujeros por los que mana la sangre. Y, además, indignado de que se arme tanto alboroto a causa de una bomba, continúa encogiendo los hombros y gritando: “¡Pero si no es nada, hombre, si no es nada!”
(En Aznar bajando del caballo blindado, pienso)
“Este vocablo, interviewar, es horrendo, y tiene una fisonomía tan grosera y tan entrometidamente yankee, como el inelegante abuso que expresa. El verbo entrevistar, forjado con nuestro sustantivo entrevista, sería más tolerable, de tono más suave y delicado. Entrevista, por otra parte, es un antiguo término portugués, un término técnico de sastrería, que significa el pedazo de paño muy vistoso, por lo común rojo o amarillo, que surgía por las aberturas de los viejos jubones acuchillados de los siglos XVI y XVII. Término excelente, por tanto, para designar una acción en que las opiniones se hinchan, revientan hacia fuera, por las rendijas de la natural reserva, con colores efusivos y chillones. Pero entrevistar tiene un no sé qué de hipócrita que desagrada. Sólo alguien con mucha autoridad y mucha audacia podría imponerlo. Interviewar será tosco, pero al menos es franco. Así que tendremos que emplear resignadamente este feo americanismo, ya que nuestros idiomas neolatinos no están preparados, en su noble pobreza, para acompañar todas las ruidosas invenciones del ingenio anglosajón”.
(En la imposible apuesta sobre las palabras, pienso)
“España ha sido herida en su patriotismo y en su orgullo. La ofensa no procede de europeos, sino de africanos. Sin embargo, para España resulta indiferente que el sacrilegio sea grande o pequeño, civilizado o bárbaro. Ha habido un sacrilegio, es decir, ha habido un ultraje a la bandera de España y, por lo tanto, no queda otra alternativa que las armas y la guerra implacable. Cuando el desastre se supo en Madrid, aquello fue otro “día de Las Carolinas”. España entera estalló en otra de sus sublimes explosiones de patriotismo. El reyecito [Alfonso XIII], que tiene siete años, rodeado en el Paseo del Prado por una inmensa multitud que lo aclamaba, se puso de pie en el asiento del coche y rompió a gritar: “¡Vamos todos a matar a los moros!” Fue el delirio. Y España entusiasmada se lanza a la guerra.
(En el patriotismo, pienso. Ni una muestra de patriotismo español sobre los muertos de Madrid. No ya el patriotismo del Rif. Tampoco el del alcalde Giuliani sobre los volatilizados del 11 de septiembre. Es una gran noticia. Para mí es una gran noticia. Que se haya enterrado a los muertos de Madrid sin una fanfarria patriótica es una gran noticia. Que después de la tragedia haya primado la civil disidencia entre los hombres sobre el mito del consenso patriótico supone el cenit de un frío laicismo al que sin tregua me adhiero. Que la más intensa referencia patriótica del partido de la derecha (la que viene del Rif, según) haya sido la frase del presidente (“Los han matado por españoles”: solución de compromiso para soldar las dos líneas paralelas de la investigación) es lo último y más higiénico que podía esperarse de la historia. Ahora bien: mañana se oirá a cualquier rampante denunciando el nacionalismo español.)




