28 de marzo de 2004
En su vuelta a la faction, Juan Luis Cebrián daba ayer un dato de interés: la existencia de encuestas que pronosticaban un empate técnico entre socialistas y populares. El periodista no precisa cuándo fueron conocidas ni quién las hizo, ni tampoco juzga su grado de fiabilidad. De ser cierto y de haberse hecho alguna de ellas antes del atentado de Madrid quizá fuese impropio seguir hablando de vuelco electoral. Bastaría con hablar de decantación. En cualquier caso no es necesario vincular la realización de esas encuestas al drama desencadenado. Es probable que el drama obligase a hacer alguna más. Pero en todas las elecciones hay encuestas hasta el último minuto. La absurda prohibición de no publicarlas en los cinco días previos a la votación no impide que partidos y medios de comunicación las hagan. El hecho tiene algunas consecuencias. En primer lugar refuerza la democracia estamental: hay unos ciudadanos que votan a partir de datos que otros no tienen. Éste es, precisamente, uno de los privilegios que Schneidermann cita como responsables de la creciente desconfianza entre público y periodistas. (Ya citamos que entre los privilegios periodísticos franceses se cuenta también el de saber que los trenes están amenazados). Pero, sobre todo, las encuestas secretas permiten que políticos y medios orienten su mensaje en los últimos días de votación. Hay discrepancias entre politólogos sobre el valor que tienen los últimos días; pero nadie duda que un cierto y variable margen de votos se decide entonces, cuando los demiurgos actúan en solitario. En solitario quiere decir sin que la publicación de la encuesta active un posible mecanismo de respuesta por parte de los encuestados. “Ah, eso va a votar el pueblo; pues se va enterar el pueblo” —se musita el ciudadano en los días autorizados. Quizá nunca más se produzca en España una situación prelectoral que haga tan drástico el foso entre los enterados y los no. Donde la corrección de los mensajes públicos tenga tanta y tan decisiva importancia. Pero, sobre todo, donde se vea de una manera más deslumbrante el absurdo y la razón paternalista, profundamente antidemocrática de semejante prohibición. No parece que sea razonable discutir la importancia de haber conocido el dato del empate técnico que aportaba Cebrián. Sólo en la importancia que tiene para el voto de cada ciudadano el saber lo que hace o va hacer el pueblo cabe encajar la pronta advertencia de Felipe González a sus compañeros. Vienen las europeas. O lo que es lo mismo. Se votará sabiendo.
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Correspondencias. Fernando Jiménez envía un resumen de ponencia sobre el terrorismo. El conocimiento siempre produce calma.




