27 de marzo de 2004

La prensa extranjera (II). No sólo tengo el placer de ser lector de la prensa extranjera (ojo, cva, linotipista), sino que a veces he tenido incluso el privilegio de tratar a sus representantes. Conspicuos. Cuando Jaume Boix y yo escribimos la biografía de Juan Antonio Samaranch atendimos mucha prensa extranjera. Sonaba el teléfono, se escuchaba un apellido difícil y luego Los Angeles Times (mmm….), The Wall Street Journal (mmmmmm…), The New York Times (¡mmmmmmmm…..!). Generalmente se trataba de llamadas de sus corresponsales en Europa y algunas otras de enviados especiales, atraídos por la Barcelona olímpica, su libertad, su pe(s)cado fresco y sus precios. Jaume y yo acudíamos a las entrevistas honrados y expectantes. He de decir que ninguna de aquellas conversaciones nos decepcionó. Nuestros interlocutores manejaban una información de mercadillo en todos los asuntos tratados. Una absoluta incompetencia analítica. Y una formación histórica de una ignorancia apabullante. Sin excepción. Lo más llamativo era que semejantes galones se proyectaban, no sobre las minucias de un asunto local (como yo, en solitario, tenía y tengo que comprobar respecto al cíclico interés de la prensa extranjera por los nacionalismos españoles), sino sobre un asunto universal: el Comité Internacional Olímpico, es decir, la multinacional más poderosa de nuestro tiempo. Entre las falsificaciones más evidentes había una común: el mito de la Guerra Civil española y el convencimiento de que la guerra seguía. En los casos más extremos el mito y sus desdichas aparecían a las primeras de cambio; en otras era necesario un cuarto de hora: podían empezar preguntando por Ferran Adrià, pero en cuanto le rascaban la pechera al genio aparecía Franquito. Comprendo que eso pasara. No en vano Paul Johnson dice que la Guerra Civil española es el acontecimiento de nuestro siglo que ha producido la mayor cantidad de mentiras. Pero aún así me alarmaba que mis interlocutores anglosajones ni siquiera conociesen la corrección del mito que, por cenital ejemplo, Orwell había practicado. La prensa extranjera se muestra muy activa estos días. Entre otras cosas por el hecho absurdo, tan significativo, de que los españoles la utilicen como argumento de autoridad para la confirmación de sus puntos de vista y la refutación de los ajenos. El presidente del gobierno escribe un artículo de exculpación en The Wall Street Journal. Los periódicos españoles abren sus páginas con las informaciones de esa prensa ¡que a su vez son informaciones copiadas de los periódicos españoles! La demencia es inabarcable. Entre los primeros mensajes de la prensa extranjera destacó por su lucidez y conocimiento in situ el hecho de que los españoles se habían rendido ante el terrorismo. Ahora destacan, con igual acierto, que Franco ha vuelto. Así lo leo hoy en la página que El País dedica a la prensa extranjera. Sin duda es un placer encontrarme de nuevo con Carla Witzthum, la corresponsal del Wall Street Journal. No han pasado los años por ella. Ni por su inteligencia. ¡Carla Witzthum!, y si no es más cierto que Juan Antonio Samaranch había fusilado a placer durante la posguerra. Hoy el diario El País amplificándola. Una información de Carla Witzthum y John Carreyrou (creo que también sé quién es este Carreyrou) cuya tesis central es que en España se han reabierto las heridas de la Guerra Civil. Eso dice El País: “Muchos españoles sospechaban que el Gobierno de Aznar estaba mintiendo sobre el peor ataque terrorista de su historia. Para algunos, el presunto encubrimiento despertó el recuerdo de la censura practicado por el régimen de Franco”. Eso escribe Carla Witzthum. Muchos, algunos. La prensa extranjera. Éstas han sido siempre las fuentes y la amplitud del crédito.

La intrascendencia de que algunos diarios españoles sacaran ediciones especiales que atribuían a Eta la matanza. Un error, desde luego, hijo de la fast truth como todo el agrio marzo. Pero sólo un error. En modo alguno una crucifixión, si es que no se trata de la crucifixión del Otro. Menos explicable parece, en términos estrictamente profesionales, que todos los diarios españoles de la mañana del viernes incluyeran decenas de artículos de opinión cuya argumentación se sostenía en la autoría etarra. (En realidad sólo recuerdo las precauciones intelectuales de Javier Pradera) Dado que a las ocho de la tarde del jueves todo los alfabetizados de España sabían, gracias a las informaciones del gobierno, que se había abierto la pista islámica sorprende que se imprimieran esas toneladas de papel falso, tal vez sin precedentes en la historia periodística contemporánea. Aquella noche había en todas las redacciones graves problemas industriales. Pero a las ocho de la tarde aún había tiempo para diseminar unos cuantos condicionales.

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