26 de marzo de 2004
En un artículo banal, una perla de Bunge: “Hay que odiar una idea, no sólo comprenderla, para combatirla con vigor y eficacia”. Desde luego. Odiarla obstinadamente, sin resquicios, hasta el puro fondo. Vaciarse de odio en la idea para que el odio no alcance al que la lleva.
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Le preguntan a Daniel Schneidermann en su foro de Libé, el periódico que sacó a Aznar en portada con el titular “Mensonge d’État”.
—¿Estamos seguros que Aznar actuó de mala fe?
—Personalmente creo que no. Pienso que un día las investigaciones periodísticas o parlamentarias nos permitirán conocer lo que sabía en cada minuto. Mientras tanto creo que hay que abstenerse de ser demasiado afirmativo.
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No se sabe, y quizá no se sepa nunca, si los terroristas de Madrid actuaron con la intención de forzar el resultado de las elecciones. Pero todos los que atribuyen a los atentados una decisiva influencia electoral incluyen en sus sumas la incertidumbre generada por la doble posibilidad de la autoría y la mala manera como el gobierno gestionó esa incertidumbre. Es decir, la fórmula Guerra de Irak+Mentiras sería la que produjo el llamado vuelco. Sin embargo, no es fácil pensar que los terroristas diseñasen esta hipótesis. Trazar hipótesis no es lo mismo que poner mochilas. Y no es evidente que el atentado hubiese sido capaz de invertir, por sí solo, la tendencia anunciada de las encuestas.




