24 de febrero de 2004
Vicenç Navarro escribe hoy en El País un artículo sobre la amnesia colectiva. Los más grandes siempre están escribiendo el mismo artículo. A Navarro le preocupa que la sociedad española, y en especial la juventud, no recuerde (o no conozca) el período de esplendor republicano. Porque estoy cosido a la silla, contracturada víctima de mis ardores. Si no salía ahora mismo de casa a preguntar por las calles, entre los que no la vivieron: “¿Cuántos años cree usted que duró la República Española?” Y traería aquí las respuestas, que oscilarían entre los cincuenta años y el siglo. No alcanzo a ver otro foie histórico similar. La República española duró en paz (relativa) cinco años. Dos de ellos estuvo gobernada por la derecha y es sabido que la derecha suspende el tiempo. Pues bien: en esos tres años la República española construyó un mundo. Un mundo que en opinión del cuentista Navarro y de cientos como él es objetivamente superior, en cantidad y calidad de las reformas, a los veintinco años de democracia restaurada. ¿Memoria? ¡Honor del olvido para nuestra República!
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Berlusconi ha llegado donde nadie. Sus declaraciones protectoras del evasor de impuestos culminan una estatregia moral y política por la que el primero de los ciudadanos es a la vez responsable y víctima de sus decisiones. Con asombrosa impunidad, amparado en el culto a la superstición que difunden los medios, trabaja a ambos lados de la calle, convenciendo a los votantes de que sus problemas (¡como los suyos!) son obra de un Ser Superior, que igual puede ser Dios, las Leyes o el Inter de Milán. El mismo Silvio gobierno y oposición. En geometría: conjunto de rectas que pasan por un mismo punto.
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Otro que ha llegado donde nadie. Fragmentos de una nota de la redacción de El Mundo:
“Los errores que Sánchez Dragó y su ex mujer, Beatriz Salama, corrigen en la carta anterior no son invenciones del autor del reportaje (…) Se trata, en todo caso, de la información aportada por una persona cercana al escritor (…) El periodista supuso que su información era fidedigna y que se la ofrecía con el permiso del escritor”.
Naturalmente. En modo alguno se trata de invenciones. Propias. Sólo falsedades, sin más. Ajenas.




