12 de febrero de 2004
Las molestias puramente físicas del crítico Echevarría, ayer en Piazza Navona, cuando describía las promiscuidades entre novela y periodismo y el envilecimiento que a causa de ellas la novela sufre. Apelaba el buen burgués a que la novela resolviera su crisis matrimoniando con la filosofía, picando alto, sin advertir que todo el problema de la joven es que no sabe vivir sola.
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El Instituto Catalán de la Mujer publicó ayer la siguiente nota necrológica en un diario de Barcelona [traducido del catalán]: “El Instituto Catalán de la Mujer, de la Generalitat de Catalunya, expresa su pésame por la muerte de otra mujer a causa de la violencia de género y se compromete en la lucha para conseguir la tolerancia cero con la violencia ejercida contra las mujeres”. Como suele ser habitual el descuido en la sintaxis es indicio de los descuidos morales. Porque si es cómico que el Instituto persiga conseguir la tolerancia cero (imposible saber ante qué) “con (impresionante artefacto) la violencia ejercida contra las mujeres”, la ausencia de todo nombre propio, de toda circunstancia personal revela hasta qué punto de frío e inmoral oportunismo pueden llegar estas necrológicas de género.
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El Corriere celebra el día de Darwin con estas palabras de Emanuele Severino, el filósofo que al muy optimista decir del mio fratello Alfonso Berardinelli tuvo una idea: “Desde el punto de vista teológico se ha demostrado que el Creacionismo no es incompatible con el Evolucionismo (…) Yo siempre he sostenido que las posiciones ateas y teístas son dos aspectos de la misma alma: la contraposición es superficial respecto al modo común de entender el devenir de las cosas, la nada de donde provenimos y la nada adonde vamos”.




