29 de enero de 2004

Una de las preguntas más estúpidas de nuestra época es por qué la policía no detuvo a los interlocutores del señor Carod-Rovira. La pregunta está a punto de llegar al congreso de los diputados, en boca de la oposición socialista, y como cualquier otra pregunta que no busca la verdad, sino meramente ganar adeptos, da como ciertos unos cuantos hechos previos de los que no se conoce mayor anclaje en lo real y cuya mera enunciación ruboriza. A saber, que la policía podía detenerlos a todos, incluido el señor Carod-Rovira; que la policía no quiso hacerlo, siguiendo órdenes del gobierno; que las órdenes del gobierno estaban basadas en la convicción de que el Partido Popular ganaría las próximas elecciones legislativas si la opinión pública conocía la entrevista del señor Carod-Rovira con los jefes terroristas, siempre y cuando ni los jefes ni el señor Carod-Rovira fueran detenidos, porque tal acción incurriría en el exceso y daría muy mala imagen. Pero, sobre todo, esa pregunta da por constatada una verdad aún superior, esto es que el señor Carod-Rovira se entrevistó realmente con los jefes de los terroristas, hecho aún no demostrado, y que visto los vahídos de memoria del señor Carod-Rovira, la evidencia de que no pueda precisar si estuvo o no con un tal Ternera, y su atolondramiento y euforia alternativos, tan propio de los estados confusionarios, puede empezar a ponerse seriamente en duda.

Daniel Schneidermann escribe sobre los medios y su brillante carrera en Le Monde acabó a causa de este libro que tengo en mi habitación madrileña, este magnífico Le cauchemar médiatique. Uno de los capítulos del libro, ejemplo de la pesadilla mediática, alude precisamente al escándalo desencadenado en su periódico por la publicación del libro de Péan y Cohen, La face cachée du Monde. Los directivos de Le Monde consideraron que ese capítulo del libro de Schneidermann revelaba información interna del periódico y constituía un claro ejemplo de deslealtad. Lo echaron y ahora escribe en Libération.

En el libro de Schneiderman hay historias y meditaciones imponentes. Y una que establece, con precisión y elegancia, una de las derivas más preocupantes del periodismo contemporáneo. Narra el caso del “rumor de Orleans”, que mereció incluso un ensayo de Edgar Morin: en 1969 corrió la voz de que las chicas que entraban a los probadores de unos grandes almacenes de la población desaparecían, rumbo a África, en manos de una red —judía— de trata de blancas. Lo excepcional del rumor, visto desde ahora, es que se propagó —y colosalmente— sin la intervención de los medios. Schneiderman explica cuál fue el único papel de los medios en el asunto: “Los primeros artículos que se publicaron, con el rumor ya en baja, estuvieron destinados a desmentir la historia y a denunciar claramente su carácter difamatorio. Otra época, donde los medios no tenían miedo de tomar partido a favor de las instituciones y en contra de la gente, cuando la gente deliraba”.

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