27 de enero de 2004
Carod convocó ayer por la mañana a los periodistas, leyó un comunicado y no aceptó preguntas. A la tarde fue al programa de Gemma Nierga, en la Cadena Ser, y habló durante bastantes minutos. Una excelente entrevista del género patético. La elección de Carod fue muy razonable: la periodista Nierga fue quien pidió diálogo al término de la manifestación por el asesinato de Ernest Lluch y junto a ella estaba quien más aplicadamente había seguido su consejo. ¡Pero cómo puedo decir a veces, tan terco y cegado, que en el periodismo no hay un sentido último, un cierre del círculo! Escribe Pericay en el correo de la mañana: “Si la prensa catalana hubiera hecho en esta cuestión fundamental para la democracia, lo que toda prensa habría tenido que hacer, si hubiera hecho, en suma, los deberes, al señor Carod-Rovira ni siquiera se le habría pasado por la cabeza irse a Perpiñán a hablar con los criminales”.
El editorial de El País desliza hoy una palabra clave. Vanidad. Pero quién se la infló a Carod. Quién le llamó astuto, sagaz, puro diablo. El chute mediático. La plenitud del chute se dio entre las elecciones y la toma de posesión de Maragall, que fue el 20 de diciembre. Carod se vio con los terroristas a principios de enero. Lo necesitaba. El catalán irónico, vigilante, el zorro catalán de los papeles se habría dicho: uf, deben de estar realmente jodidos estos etarras cuando se ponen a hablar conmigo. Pero sólo pensó que iba a enseñarles a estos expertos levantadores de piedra cómo se hace política. Manca finezza: lo había leído en uno de sus quince mil libros. Se atusó el bigote y se encaminó gallardo a Prats de Molló, que es la localidad del sur francés donde los catalanes tienen cita permanente. La evolución del proceso histórico. A día de hoy, y en el resto de España, los catalanes no provocan temor, odio, envidia, ni siquiera indiferencia.




